En un enorme y denso bosque, en una gran casa antigua hecha de troncos de pino, vivía el lobo gris Juan Grisón. Le llamaban así porque uno de sus costados era gris. Era el más importante del bosque, y todos los animales lo respetaban y le hacían caso.
Cuando ocurrían percances en el bosque, Juan Grisón siempre encontraba la solución correcta, por eso muchos acudían a él en busca de consejo. Unas veces llegaba saltando mamá Ardilla a quejarse de su hijo descarriado, otras se arrastraba la señora Culebra para contar que su vecina la molestaba.
O sonaba el teléfono:
¡Juan Grisón, necesito tu consejo! Quiero construirme una casa nueva, ¿no sabrás dónde conseguir buenas ramas?
Gritaba al otro lado de la línea el Jabalí Salvaje.
Y a Grisón no le quedaba más remedio que encaminar al hijo de la Ardilla por el buen sendero, mantener largas conversaciones con la vecina de la señora Culebra, y llamar a todas las tiendas donde se pudieran comprar ramas resistentes para la casa del Jabalí Salvaje.
Pero una hermosa mañana, cuando el sol brillaba intensamente y los pajaritos cantaban alegremente, le entró al Lobo tal melancolía que desconectó el teléfono, cerró bien las puertas de la casa, cogió su vieja pipa de campaña y se puso a fumar. Y comenzó a recordar sus años mozos, cuando era fuerte, robusto y joven.
Grisón tenía un amigo del alma: el lobo Pardón. Vivían en el mismo bosque desde la infancia y eran uña y carne. Les habían ocurrido muchas historias interesantes, habían estado en todos lados y habían visto de todo.
Y cuántas situaciones divertidas les pasaron, imposible contarlas todas. Está sentado el lobo Grisón, fumando su pipa, y recordando una de esas historias graciosas. Graciosas para unos, tristes para otros.
Decidieron ambos amigos robar nueces del hueco de la Ardilla. Pardón trepó al árbol, llegó hasta la copa, se llenó los bolsillos de nueces, pero no podía bajar. Pasó toda la noche en el árbol, mientras Grisón se quedaba sentado debajo sin atreverse a decírselo a su madre, porque ambos habrían recibido una buena paliza. Sus madres eran lobas severas.
Les ayudó entonces el Castor, un viejo bombero. Desgarró su camisa, rompió sus pantalones al sacar a Pardón del árbol. En señal de agradecimiento, los amigos decidieron ayudar al Castor a plantar su huerto. Llegaron por la mañana, cavaron los surcos mientras el bombero iba a por las semillas. Ven que en el banquito junto al huerto hay unas raíces.
¡Seguro que el viejo bombero se olvidó de estas semillas! Le haremos un favor: las plantaremos todas alrededor del huerto, que crezcan y den frutos.
Decidieron ayudar Pardón y Grisón al Castor.
Y medio mes después llegó corriendo el bombero gritando:
¡Os bajé del árbol, os salvé la vida, y vosotros me habéis llenado el huerto de malas hierbas, y de tal calibre que no hay azada que las arranque ni hacha que las corte! ¡Ahora no crece allí nada más que esa hierba inútil! ¡Me esforcé en vano plantando verduras, todo perdido por vuestra «ayuda»!
Y hubo otro caso gracioso, cuando los amigos del alma Grisón y Pardón protegían el bosque de los leñadores. Había varios destacamentos de defensores en la frontera. Y Grisón era el cocinero. Una vez preparó una olla enorme de gachas y en lugar de azúcar le echó sal, y no una pizca, sino cinco enteras. Se confundió.
Y todos comieron en silencio, fingiendo que estaba rico. Y todo porque Pardón, el amigo del alma, ordenó a todos callar y elogiar las gachas, para que no castigaran a Grisón y no lo metieran en el calabozo.
Tan ensimismado estaba Juan Grisón, repantigado en su sillón, que el golpe en la puerta lo asustó.
¡Bueno, ya empieza! ¡A ver quién viene ahora a pedirme consejo!
Abrió Grisón la puerta y vio en el umbral, nunca adivinaréis a quién: ¡a Juan Pardón! Él también echaba muchísimo de menos a su amigo y decidió visitarlo.