Grisón y Pardón
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Grisón y Pardón

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Un cuento sobre dos lobos amigos inseparables y sus aventuras por la vida. ¡Imposible recordarlas sin reírse!

En un enorme y denso bosque, en una gran casa vieja hecha de troncos de pino, vivía el lobo gris Juan Grisón. Lo llamaban así porque uno de sus costados era gris. Era el más importante del bosque, y todos los animales lo respetaban y lo escuchaban.

Cuando en el bosque ocurrían problemas, Juan Grisón siempre encontraba la solución correcta, por eso muchos venían a pedirle consejo. Ya sea que llegara saltando la mamá Ardilla a quejarse de su hijo descarriado, o que viniera arrastrándose la Culebra a contar que su vecina la molestaba.

O sonaba el teléfono:

¡Juan Grisón, necesito tu consejo! Quiero construirme una casa nueva, ¿no me recomendarías dónde conseguir buenas ramas?

Gritó del otro lado de la línea el Jabalí Salvaje.

Y no le quedaba más remedio a Grisón que encaminar al hijo de la Ardilla por el buen camino, tener largas conversaciones con la vecina de la Culebra, y llamar a todas las tiendas donde se pudieran comprar ramas resistentes para la casa del Jabalí Salvaje.

Pero una hermosa mañana, cuando el sol brillaba intensamente y los pajaritos cantaban alegremente, le vino al Lobo tal melancolía que apagó el teléfono, cerró bien las puertas de la casa, tomó su vieja pipa de campaña y se puso a fumar. Y comenzó a recordar sus años mozos, cuando era sano, fuerte y joven.

Grisón tenía un amigo del alma: el Lobo Pardón. Vivían en el mismo bosque desde la infancia y eran amigos inseparables. Les sucedieron muchas historias interesantes, por dónde no anduvieron y qué cosas no vieron.

Y cuántos casos graciosos les pasaron, imposible contarlos todos. Está sentado el Lobo Grisón, fumando su pipa, y recordando una de esas historias graciosas. Graciosas para algunos, y tristes para otros.

Decidieron ambos amigos robar nueces del hueco de la Ardilla. Pardón trepó al árbol, llegó hasta la copa, llenó los bolsillos de nueces, pero no podía bajar. Pasó toda la noche en el árbol, y Grisón se quedó sentado debajo del árbol con miedo de decirle a su madre, porque los dos habrían recibido tremenda paliza. Sus madres eran lobas severas.

Y quien los ayudó entonces fue el Castor, un viejo bombero. Rompió su camisa, desgarró sus pantalones cuando bajó a Pardón del árbol. En señal de agradecimiento, los amigos decidieron ayudar al Castor a plantar su huerta. Llegaron por la mañana, cavaron los canteros mientras el bombero iba por las semillas. Ven que en el banquito junto a la huerta hay unas raíces.

¡Seguro el viejo bombero se olvidó de estas semillas! Le haremos un favor: las plantaremos todas alrededor de la huerta, que crezcan y den frutos.

Decidieron ayudar Pardón y Grisón al Castor.

Y después de medio mes vino corriendo el bombero y grita:

¡Los bajé del árbol, les salvé la vida, y ustedes me llenaron la huerta de maleza, pero de tal maleza que no se puede arrancar con ninguna azada ni cortar con ningún hacha! ¡Ahora ahí no crece nada más que ese pasto inútil! ¡Me esforcé al pedo plantando las verduras, todo fue en vano por su "ayuda"!

Y hubo otro caso gracioso, cuando los amigos del alma Grisón y Pardón protegían el bosque de los leñadores. Había varios destacamentos de defensores en la frontera. Y Grisón era el cocinero. Una vez cocinó una olla llena de polenta y en lugar de azúcar le puso sal, y no una pizca, sino cinco enteras. Se confundió.

Y todos comieron en silencio, haciendo como que estaba rico. Y todo porque Pardón, el amigo del alma, ordenó a todos callar y elogiar la polenta, para que no castigaran a Grisón y no lo metieran en cana.

Tanto se ensimismó Juan Grisón, desparramado en el sillón, que el golpe en la puerta lo asustó.

¡Bueno, acá vamos! ¡A quién habrán traído otra vez a pedirme consejo!

Abrió Grisón la puerta y vio en el umbral a, nunca adivinarían quién, ¡Juan Pardón! Él también extrañaba terriblemente a su amigo y decidió visitarlo.

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