En una familia sencilla pero muy buena vivía un niño llamado Matías. Esperaba ansiosamente su cumpleaños porque pensaba que sus padres le regalarían aquello con lo que tanto había soñado y pedido: una tableta.
Y llegó ese día. Matías todavía estaba en la cama cuando sus padres trajeron a casa la sorpresa tan esperada.
¡Toc, toc, toc, nuestro querido cumpleañero!
Susurró alegremente la mamá.
¡Sí, sí!
Dijo el niño con una sonrisa.
¡Feliz cumpleaños, nuestro solcito!
Dijeron los padres al unísono.
¡Gracias, mis queridos!
Respondió Matías.
Matías notó enseguida la caja en las manos de papá, pero era mucho más grande que aquella en la que podría caber una tableta. De repente, algo comenzó a moverse dentro de la caja.
Tomá, esto es para tu cumpleaños, ¡sé su verdadero amigo!
Dijo papá.
Los padres abrieron rápidamente la caja y de allí salió un gatito pequeño. Era prácticamente todo negrito, solo algunas manchitas blancas adornaban su pelaje.
¿Qué es esto?
Preguntó Matías desconcertado y un poco enojado.
¡Es un gatito! ¡Pongámosle un nombre!
Dijo mamá con cariño.
¡Inesperado! ¡Innecesario! ¡No es lo que pedí! ¡Yo pedí una tableta! ¿Y ustedes qué me regalaron? ¡Un gato cualquiera! ¿Para qué lo quiero?
Gritó el niño con rabia.
¡Pero qué decís! Vas a jugar con él, cuidarlo, ¡es tan interesante!
Los padres se sorprendieron por el comportamiento de Matías.
¡No, no voy a hacerlo! ¡No lo necesito!
Cortó Matías.
¡Miau! ¡Mrrr!
Se escuchó cerca.
¡Qué estás ronroneando ahí!
Refunfuñó Matías.
¿Cómo voy a salir ahora al patio? Ya le dije a todos que me iban a regalar una tableta, ¡y acá estás vos!
Dijo el niño con tono quejumbroso.
Te voy a llamar Sorpresa, pero para mí sos una sorpresa desagradable.
Los padres estaban preocupados porque Matías había reaccionado tan mal al regalo. Les parecía que era lo mejor que necesitaba el niño a su edad, que le resultaría interesante cuidar del gatito. ¡Ay! El triste ánimo del niño hablaba por sí solo.
Matías estaba sentado en la cama mientras Sorpresa comenzaba a jugar con un hilito que sobresalía de la media del niño.
¿Qué estás haciendo?
Preguntó el niño desconcertado.
¡No molestes!
Apartó al gatito.
Pero Sorpresa ni siquiera pensaba detenerse. Ahora jugaba con la mano del niño, persiguiéndola por toda la cama.
¡Ey! ¡Dejame en paz, te digo!
Gritó Matías con una sonrisa.
El gatito se divertía y se acurrucó junto a Matías, ronroneando dulcemente algo parecido a un saludo.
¡Bueno, está bien! ¡Vení acá, te voy a acariciar! No sos tan malo, mirá qué lindo que sos, todo negrito.
Dijo Matías.
Ah no, mirá, también tenés manchitas blancas. ¡Ahora sos mi amigo, Sorpresa!
Susurró el niño mientras lo observaba.
Pasó un mes y Matías ni siquiera se dio cuenta de que había llegado a querer a su gatito. Estaba tan entretenido con su amigo Sorpresa que olvidó que alguna vez se había sentido triste por el regalo de cumpleaños.
Todo el día estaban juntos. Matías construyó un juguete para Sorpresa en forma de moñito. Dobló papel y lo ató con un hilo para hacer un moñito, y Sorpresa lo perseguía alegremente.
Durante el almuerzo, Matías alimentaba a Sorpresa de su propio plato, dándole los bocados más sabrosos. El niño no escatimaba nada para su amigo. Y hasta dormían juntos. Sorpresa se acurrucaba junto a Matías y se dormía dulcemente.
Una noche, cuando Matías ya se preparaba para dormir, vio que Sorpresa escondía algo. Resultó ser un gorrito con una gran pluma blanca.
¿Qué es esto?
Se preguntó Matías.
¡Es mi sombrero!
Respondió Sorpresa.
¡A-A-A! ¡Estás hablando! ¡Pero cómo! ¿O estoy soñando?
Balbuceó Matías sorprendido.
No soy un gato común, ¡soy un gato mágico! Te portaste tan bien conmigo, quiero agradecerte por eso. ¡Pedí lo que quieras, lo cumpliré todo!
Dijo Sorpresa con orgullo.
¿En serio todo-todo?
Insistió Matías.
¡Sí, sí! ¡Absolutamente todo!
Quiero... hmm, quiero... ¡Quiero una tableta, hace mucho que sueño con una!
Gritó alegremente el niño.
¡Así será!
Respondió tranquilamente el Gato.
En la mesa apareció de inmediato una cajita pequeña y Matías se lanzó a abrirla rápidamente.
¡Genial! ¡Es mi tableta!
Decía Matías mientras desenvolvía rápidamente el juguete y ya presionaba la pantalla.
¡Me alegra que te haya gustado!
Dijo el Gato, pero Matías ya no lo escuchaba.
Estaba tan absorto en la tableta que toda la noche no se acordó de Sorpresa. Pasaban los días y Matías encontraba juegos cada vez más nuevos en la tableta, mientras su querido gatito pasaba todo ese tiempo sentado solo en el sillón, jugando ocasionalmente con su colita. A Matías ya no le importaba. Su sueño se había cumplido, presumía la tableta en la calle y ni siquiera llevaba a Sorpresa con él.
Sorpresa pensó mucho y decidió no molestar a Matías. Se deslizó entre las piernas de papá cuando este entraba a casa. La habitación quedó en silencio.
¡Hola! ¿Y dónde está Sorpresa?
Dijo papá.
Por ahí anda.
Respondió Matías sin despegar la vista de la tableta.
Qué raro, no lo veo por ningún lado. Deberías buscarlo.
Insistió papá.
Después lo busco, ahora tengo un nivel difícil en el juego.
Murmuró el niño.
Por la noche, cuando llegó la hora de dormir, Matías esperaba que en cualquier momento Sorpresa saltara a la cama. Pero no sucedía.
¿Dónde estará? ¡Sorpresa! ¡Sorpresa!
Comenzó a buscar Matías al gato.
Pero nadie respondía. Matías comprendió que Sorpresa se había ido y se puso triste. Toda la noche recordó cómo jugaban juntos, cómo corría con él por la habitación, cómo ronroneaba cariñosamente mientras Matías se dormía con el melódico ronroneo de Sorpresa.
¡Qué culpa tengo! ¡No necesito esta tableta! ¡Juguete sin alma!
Dijo el niño ofendido y tiró la tableta sobre la mesita de noche.
Por la mañana, Matías saltó de la cama. Tenía tanta esperanza de encontrar a Sorpresa que corrió rápidamente a la calle.
¡Sorpresa! ¡Sorpresa!
Gritaba el niño. Pero como respuesta solo llegaba el viento.
Y entonces, no muy lejos de Matías, se escuchó:
¡Estoy acá!
El niño levantó la cabeza y vio en la rama de un árbol a su querido negrito.
¡Sorpresa! ¡Vení conmigo! ¡Te extrañé tanto!
Se alegró Matías.
¿Cómo? ¿Y tu tableta? Estás tan entretenido con ella que ya no me necesitás.
Dijo el Gato tranquilamente.
¡No! ¡Qué decís! Te necesito, ¡te necesito mucho! Si querés, rompo la tableta, ¡pero volvé!
Suplicó Matías.
¡Pero qué decís! Para qué romper algo tan útil. En la tableta hay tantas cosas útiles además de juegos, te voy a mostrar.
Dijo el Gato mientras bajaba y se sentaba en los brazos del niño.
Sorpresa ayudó a Matías a encontrar muchas actividades interesantes en la tableta, por ejemplo, dibujar y leer libros. Y junto con Sorpresa, a Matías le resultaba mucho más divertido y entretenido aprender algo nuevo.