Agitación en el Bosque
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Agitación en el Bosque

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Un cuento original sobre los habitantes del bosque a quienes llegaron agitadores: cuervos. Sobre que prometer no es lo mismo que cumplir. Y también sobre las elecciones en el bosque. Todo igual que entre los humanos.

La primavera de ese año prometía ser tardía y lluviosa. Pesadas nubes grises se deslizaban lentamente sobre el claro que se extendía en medio del viejo bosque.

El borde del claro era bien conocido por los habitantes del bosque, ya que era el lugar más ruidoso: el basurero del bosque. Allí había de todo: viejas latas oxidadas, neumáticos de autos rotos, vidrios destrozados, cajas con escombros de construcción, restos de muebles que alguna vez fueron elegantes y caros, y otros productos de la actividad humana. Los habitantes locales estaban tan acostumbrados a este basurero que hasta se reunían cerca de él para discutir las novedades del bosque.

Y en esta mañana nublada, al borde del basurero se encontraron el viejo abuelo Erizo y la joven Ardillita. El Erizo arrastraba del basurero la pata de una silla cara, pensando de camino cómo apuntalar con su hallazgo el techo inclinado de su madriguera. La Ardillita, en cambio, saltando alegremente por las ramitas, bajó al suelo para agregar basura al basurero: dos piñas.

Hola, abuelito Erizo.

Saludó la Ardillita.

Buenos días, Ardillita.

Respondió el Erizo.

¿Qué, ensuciando otra vez?

Sí, el hueco está lleno de piñas viejas después del invierno. Mamá me pidió que las tirara a la basura.

Respondió la Ardillita.

Pronto el bosque estará cubierto de basura. El basurero se hace cada vez más grande.

Refunfuñó el viejo Erizo.

Pero mamá decía que pronto no habrá más basurero.

¿Y cómo se puede hacer eso?

Se sorprendió el Erizo.

Vino volando una Cuerva que dijo que pronto habrá elecciones en el Parlamento del Bosque. Y hoy llegarán mensajeros, candidatos que contarán cómo hacer nuestro bosque mejor.

Informó alegremente la Ardillita, arrojando las piñas sobre un montón de ramitas secas, palitos y corteza podrida.

Las cuervas, esas charlatanas que siempre andan volando por el bosque graznando sin sentido. Recuerdo cómo en las últimas elecciones nos graznaron tanto que a la tía Zorrita las orejas se le pusieron más largas que las de su amiga la Conejita, de tantas promesas.

Resopló el Erizo.

No, estas son cuervas nuevas, y una de ellas hasta le regaló a mamá una manzana verde. Aunque era grande y bonita, estaba ácida.

Interrumpió la Ardillita al Erizo.

¿Qué, le dio la manzana así nomás?

Se sorprendió el Erizo.

Y además mamá dijo que hoy al mediodía vienen volando al claro para hablar de ellas mismas. Mamá ya salió saltando por los árboles para avisar a los animales. Todos se van a reunir, ¡qué divertido va a ser!

Se alegraba la Ardillita.

Sí, divertido. No voy a ir a casa, para qué ir y volver arrastrándome, mejor me quedo acá. Vale la pena ver a estos candidatos, a ver si este año por lo menos limpian el basurero.

Dijo el sabio Erizo.

El Erizo escondió la pata de la silla bajo las hojas del año pasado y se recostó encima. Durante la conversación con la Ardillita, el Erizo ni siquiera notó cómo en el claro comenzaron a reunirse los habitantes del bosque.

Los primeros en saltar al claro fueron los conejitos, que se adelantaron mucho a papá Conejo y mamá Coneja. Los padres apenas podían seguir a los niños, empujando delante de ellos un cochecito con los bebés nacidos en invierno.

Mamá, papá, vengan acá. Sentémonos aquí, de este lado del montón de basura. ¡Hay tantas piñas!

Gritaban los conejitos.

En ese momento, del otro lado del claro se acercaba la familia de castores. Adelante caminaba importante el jefe de familia, el Castor. Detrás de él flotaba suavemente, sin apuro, la imponente Castora, y más atrás una decena de castorcitos.

Poco después, entre los árboles aparecieron colas rojizas. Pisando suavemente la tierra descongelada, llegó al claro mamá Zorra con tres zorrillos.

Los habitantes del bosque se reunían, discutiendo ruidosamente el evento próximo y las novedades acumuladas durante el invierno. En ese momento apareció en el cielo el primer mensajero. Una cuerva gris y ágil descendió bruscamente del cielo, se posó en una rama y graznó fuerte:

¡Señores, reciban a los invitados!

Alto en el cielo sobre el borde del bosque apareció una bandada de cuervas. Sobre el claro las cuervas descendieron bruscamente, dieron una vuelta de honor sobre los habitantes del bosque, causando el entusiasmo de los pequeños, y se posaron directamente sobre el basurero.

¡Saludos, habitantes del bosque! Hemos oído de su problema, de este viejo y apestoso basurero. ¡Sabemos cómo resolverlo! ¡Voten por nosotras y del basurero no quedará ni rastro!

Graznó una cuerva gorda con corbata verde en el cuello.

Sí, claro, no quedará ni rastro. Algo parecido ya lo hemos escuchado más de una vez.

Refunfuñó el Erizo.

Sí, queremos eso. El basurero nos tiene hartos. Ojalá sea pronto. Ni siquiera tenemos dónde jugar.

Gritaron los conejitos bajo las exclamaciones de aprobación de papá Conejo y mamá Coneja.

Sí, sí, del basurero no quedará ni rastro. Solo pensamos en cómo hacer feliz la vida en el bosque. Solo voten por nosotras y todo en la vida cambiará.

Agregó graznando la cuerva de corbata roja.

El basurero huele mal, es tan poco estético.

Apoyó la conversación la Zorra.

En el bosque hay muchos otros lugares donde ustedes, estimadas cuervas, pueden ayudar a los habitantes del bosque.

Continuó la rojiza, relamiéndose y mirando astutamente a las candidatas a diputadas.

Les garantizo que este basurero lo ven por última vez. Les prometo que hoy mismo yo y mi equipo lo desparramaremos en pedacitos. ¡Construiré áreas de juego para sus hijos, plantaré flores por todas partes! Yo... Yo... Yo...

Gritaba más fuerte que todos el cuervo negro con anteojos y se agitaba en lo más alto del basurero.

Vaya que habla, hasta yo lo escucho. Habría que pedirle que de paso limpie también la represa.

Se dirigió el Castor a la Castora.

Sí, sí, y también harán una colina para los castorcitos, pero prometen y prometen.

Asintió la Castora.

Mientras el Castor y la Castora soñaban, los habitantes del bosque con las bocas abiertas escuchaban entusiasmados el coro de cuervas. Y cuanto más se escuchaban promesas sobre el claro, más se entusiasmaban las cuervas. A las cuervas ya les parecía que los habitantes del bosque habían entendido quién era capaz de resolver todos los problemas del bosque.

Y ahora, queremos agasajar a los niños y a ustedes, nuestros queridos electores.

Gritó el cuervo negro. Y toda su bandada comenzó a repartir manzanas. Mientras los habitantes del bosque se lanzaban a agarrar los regalos gratis, el Cuervo con anteojos se volvió hacia su colega de corbata roja y con un guiño astuto de ojos descarados chasqueó el pico: «Asunto hecho. ¡Estos ya son nuestros!»

De repente el ruido y alboroto en el claro fue acallado por el crujido de ramas. Del bosque salió un enorme oso pardo.

¿Qué está pasando acá?

Gruñó descontento el patón.

Los habitantes locales se callaron instantáneamente, y las descaradas y charlatanas cuervas quedaron desconcertadas.

¿Otra vez vendiendo humo preelectoral?

El Oso agarró una rama pesada, del tamaño de un arbolito, y la bandada de cuervas instantáneamente y con ruido molesto voló sobre el claro.

Si hubieran querido, hace tiempo lo habrían limpiado, y no estarían agregando más basura con los cabos de manzana.

Justo entonces llegó mamá Ardilla, que vio la bandada de candidatas a diputadas volando y a los electores terminando de comer las manzanas y tirando los cabos al suelo, sin siquiera llevarlos hasta el montón de basura. De a poco los habitantes del bosque se dispersaron. El viejo abuelo Erizo juntó en sus púas los cabos de manzana y los llevó al montón de basura. La agitación preelectoral había pasado, pero adelante habría mucho más interesante.

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