Una vez en verano, el niño Matías llegó al campo a visitar a su abuela. Cada mañana comía panqueques calientes con crema fresca y fría, en el jardín crecían manzanas jugosas, y cerca, en el bosquecito, corría un arroyo cristalino en el que era lindo bañarse.
A Mati le encantaba quedarse en la casa de su abuela. Solo una cosa lo entristecía: no había otros chicos en el campo con quienes jugar.
Y un día el niño salió a cazar mariposas. Corría con su red a lo largo del arroyo, atrapaba mariposas blancas y amarillas, pero las soltaba enseguida porque no eran lo suficientemente coloridas e interesantes. Ya estaba por volver a casa cuando de repente vio una mariposa extraordinaria. Era de color naranja oscuro, casi rojo, y en sus alas se veían grandes círculos oscuros, como los de la cola de un pavo real.
El niño se acercó despacito y le echó la red encima. La mariposa intentó volar, pero la malla se lo impidió. Con todas sus fuerzas la pequeña luchaba dentro de la red, pero no logró romperla. Y entonces habló con voz humana:
¡Por favor, dejame ir! Y yo cumpliré cualquier deseo tuyo.
Matías se quedó pensando, se rascó la cabeza, se encogió de hombros y dijo:
Bueno, quiero muchas cosas, pero no sé cómo elegir. Si pido un helado ahora, después me lo como y no queda nada. Y se acabó el deseo. ¿Y si después me acuerdo de algo que necesito de verdad?
Está bien. Entonces te regalo un deseo, pero vas a poder cambiarlo hasta que el sol toque el horizonte. En cuanto el sol empiece a ponerse, te quedará lo que hayas elegido.
Respondió la mariposa.
Mati se puso contento y aceptó. Y pidió patines. Miró sus pies, ¡y ahí estaban los patines! Brillantes, naranjas con rueditas negras, hermosos. La mariposa no lo había engañado. El chico quiso darle las gracias, miró en la red, pero ella ya se había ido volando. Entonces gritó bien fuerte: «¡Muchas gracias!» y se fue patinando por el sendero junto al arroyo.
Pero el sendero estaba lleno de pozos y el niño se tropezaba todo el tiempo. Matías se dio cuenta de que era incómodo andar en patines por la tierra. Y decidió que sería mejor ir a pescar. ¡Zas! Apareció en sus manos una caña de pescar de sándalo. Y los patines desaparecieron. Nuestro héroe se acercó al arroyito, se sentó en la orilla y se puso a pescar.
Pescaba y pescaba. ¡Y pescó! Un lindo carasio. Lo sacó del anzuelo y se dio cuenta de que no tenía dónde ponerlo. Mati pensó que tendría que haber traído un balde. ¡Zas! Y enseguida apareció a su lado un baldecito naranja con lunares negros, y además con agua. Metió el carasio ahí adentro, quiso agarrar la caña, pero ya no estaba.
¡Claro! ¡Se convirtió en el balde! Bueno, ya no voy a poder pescar más...
Se dio una palmada en la frente Matías.
Agarró el baldecito y caminó por el arroyo hacia su casa. El sol empezaba a inclinarse hacia el atardecer, era hora de volver con la abuela.
El chico caminaba pensando qué día tan interesante había tenido. Pero qué lástima que no tuviera un amigo cerca a quien contarle todo esto. Y entonces entendió cuál era su deseo más importante. Soltó el carasio en el arroyo, dejó el baldecito en el camino y dijo en voz alta:
¡Quiero un amigo!
Y el baldecito se transformó en una niña. Con pelo naranja oscuro y grandes ojos oscuros. La niña se rió y dijo:
¡Bien hecho, elegiste el deseo más importante del mundo! Voy a ser tu amiga mientras estés de visita en el campo.
¿Cómo te llamás?
Me llamo mariposa Ojo de Pavo Real. Vos me atrapaste esta mañana, y fui yo la que se transformó en patines, caña de pescar y baldecito. Tenía curiosidad por ver qué ibas a pedir. Y no me equivoqué con vos, sos bueno, ya que lo más importante para vos es la amistad.
Se rió la niña.
Yo me llamo Matías. Vení a comer empanadas de manzana, la abuela siempre las hace para la cena.
Se presentó el niño.
Y los chicos se fueron a cenar. Así nuestro héroe aprendió que un amigo verdadero es más importante que cualquier juguete o cosa. ¿Y vos, qué pedirías?