En un reino vivía una princesa. Una nena muy común y corriente, solo un poquito desobediente, como todos los chicos de su edad.
¡Y tiene dientes enormes, y echa fuego con solo respirar! ¡Quien caiga en sus garras, está perdido!
Siempre le decía a Valentina su mamá, la reina.
Y las princesas que caen en manos del dragón son las que no se cepillan los dientes por la mañana y no terminan la sopa.
Agregaba su papá, el rey.
Al principio Valentina de verdad le tenía miedo al dragón que vivía "en aquella torre del norte". Pero pasaron los años, la nena fue creciendo, y el miedo de a poco empezó a ser eclipsado por su curiosidad. Y encima apostó en secreto con los pibes, los hijos de los guardias: ¿se animaría a ir donde el dragón? ¿O era una cagona?
¡Pero ella era una princesa! ¡De verdad! Su nombre ya estaba escrito en el árbol genealógico familiar. Así que rajarse y achicarse no estaba en sus planes.
Esperando a que mamá y papá se fueran a una de sus reuniones increíblemente aburridas, Valentina robó un par de manzanas de la cocina y se puso en marcha. Caminó largo rato, y aunque la distancia en realidad no era mucha, abrirse paso con sus zapatitos lindos por la espesura del bosque resultó ser una tarea complicada.
¡Pero ella era una princesa! Y por eso, apenas un par de horas después, ya estaba parada frente a la torre de ladrillos oscuros. Miró a su alrededor: el dragón no estaba por ningún lado. Ya estaba a punto de bufar que todo era puro cuento, cuando vio una luz en una ventana alta.
¿QUIÉN HA VENIDO A VERME?
Resonó una voz atronadora. En un instante Valentina se olvidó de su estatus. Se encogió, empezó a temblar.
Yo-yo-yo-yo.
Respondió con voz temblorosa.
¿Y QUÉ QUIER... Ej-ej... ¿Y QUÉ... Ej-ej... ¿Y QUÉ QUIERES... Achís!
Y de repente, desde algún lugar de la torre, salió rodando un dragoncito chiquito con alas verdes.
Primero Valentina se quedó paralizada de asombro, y después se largó a reír.
¿Y de qué te reís?
Preguntó ofendido el dragón con voz grave.
¡Pero si sos re chiquito todavía!
Explicó entre lágrimas de risa la nena.
Y a mí me asustaban todos, diciendo que si no me cepillaba los dientes me ibas a devorar.
Bueno, devorar sí puedo, eh. Sobre todo si no le hacés caso a tu mamá. Ella te dice las cosas por tu bien, te quiere.
Sí, ya sé, ya sé. Pero esa sopa es tan fea... Bueno, da igual. Mejor contame de vos.
Y la princesa no se dio cuenta de cómo pasó el día entero, tan entretenidos que estaban. Y solo cuando el atardecer tiñó todo de púrpura, se dio cuenta: tenía que irse, o la iban a extrañar.
Bueno, me tengo que ir, creo.
La nena saludó con la mano.
Ah... Bueno, vos... ehh... Vení de nuevo. Es que es re aburrido estar solo acá.
Confesó el dragón.
Valentina asintió y al irse, sonrió. Ahora sabía que tenía un nuevo Amigo.