En un bosque había un claro luminoso donde los animales se reunían cada día. Conversaban entre ellos, discutían sobre distintas cosas e incluso organizaban verdaderos conciertos. Normalmente había mucho alboroto, pero hoy solo se escuchaban 2 voces.
¡¿Qué vas a entender vos?! ¡Vivís como un rey!
Se indignaba el Conejo.
¡Como si vos tuvieras una vida difícil!
Respondió con brusquedad el Lobo.
En nuestro bosque nadie te molesta, te la pasás comiendo zanahoria y robando repollo de las quintas.
¡Ay, mirá lo que decís! Y vos simplemente corrés por el bosque y te tomás unos mates con la Zorra. Mientras yo…
Basta de discutir.
De repente se escuchó una voz en el bosque. Era la Lechuza Sabia que había llegado al claro.
Puedo ayudarlos a resolver quién la tiene más difícil. Los voy a intercambiar las colas por un día, y vivirán la vida del otro.
Y entonces la Lechuza agitó un ala, y al Lobo le creció una colita corta y gris. Agitó por segunda vez, y al Conejo le creció una cola larga y gris. Y así quedó acordado.
El Conejo saltaba por el bosque contento, presumiendo ante los benteveos del lugar. Pero la felicidad duró poco. El Conejo decidió ir a robar repollo al pueblo, pero no resultó. Apenas su cola se asomó entre los arbustos, ¡sonaron los disparos! Los cazadores persiguieron largo rato al pobre conejito, que apenas pudo escapar. Reflexionó profundamente y fue al claro a esperar al Lobo.
Al Lobo tampoco le fue tan bien. Al principio se alegró, corriendo por el bosque sin llamar la atención, nadie lo notaba. Pero en su entusiasmo, el animal del bosque salió a un claro ajeno.
Y allí estaba sentada la Zorra.
Ay, qué conejito tan hermoso.
Sonrió astutamente.
¿Qué decís? ¿Te quedaste ciega?
Se indignó el cazador gris.
Soy un Lobo.
¿Qué lobo ni qué lobo? Colita chiquita, grisácea, sos un conejito sin duda.
Yo también pienso lo mismo.
El Oso salió de los arbustos. Y se acercaron con sus garras afiladas al pobre Lobo. Y a él también le tocó salir corriendo. Se encontraron en el claro: el Lobo agotado y el Conejo jadeante, con la cola entre las patas.
Perdoname, Gris.
Suplicó el Conejo.
La tenés difícil, no tenía razón.
No, perdoname vos a mí. ¿Cómo hacés para escapar de todos y llegar a todo? Tenías razón, vos la tenés más difícil.
Y no discutan más.
Nuevamente la Lechuza Sabia llegó al claro.
A cada uno le cuesta vivir, solo desde afuera parece fácil. ¡Y sin haber vivido un día en el pellejo ajeno, no juzguen a nadie!