Nicolás vivía en una gran familia unida junto con su mamá, su papá y su hermanita menor. El niño estudiaba en la escuela, en segundo grado, y su hermana Martina iba al jardín de infantes. Nicolás tenía muchísimos amigos, y a menudo, al volver a casa después de clases, tiraba su mochila y salía corriendo a jugar con ellos. Los chicos jugaban al fútbol, iban a pescar, eran muy activos y alegres. Y un buen día el papá de Nicolás trajo a casa una bolsa grande, pero dijo que la abriría cuando todos los miembros de la familia estuvieran en casa.
Llegó la noche, y Nicolás miró a su padre con el corazón latiendo fuerte, y le dijo:
Papi, ¿no te olvidaste de que tenés que abrir esa bolsa que trajiste hoy a casa?
No, claro que no, ahora les voy a mostrar lo que compré.
Respondió el papá y con una sonrisa se fue a la habitación.
Después de unos minutos el papá gritó:
Todo listo, pueden venir todos para acá.
Nicolás y su hermanita corrieron a toda velocidad para ver qué cosa tan interesante les había comprado su papá. Y entonces, sin poder creer lo que veían sus ojos, los chicos vieron una computadora nueva, hermosa y moderna, con la que habían soñado desde hacía mucho tiempo.
Bueno, acá está, este es nuestro nuevo amigo. Ahora van a poder ver dibujitos, jugar juegos de computadora, aprender muchas cosas nuevas e interesantes usando internet. Pero vamos, chicos, hablemos de las reglas desde ya. Se puede estar en la computadora poco tiempo, no más de una hora por día, si no la devuelvo a la tienda.
Dijo el padre.
Los chicos estaban encantados con semejante compra.
Nicolás se lanzó al teléfono y empezó a llamar a sus amigos para compartir su alegría con ellos:
¡Hola, Toño, mi papá me compró una computadora! Vení a mi casa, vamos a jugar.
Así el chico llamó a todos sus amigos para presumir su nuevo amigo.
Pasó una semana. Cada día Nicolás, al volver a casa de la escuela, como siempre tiraba su mochila, pero ya no salía corriendo a jugar al fútbol con sus amigos en la calle. Sin lavarse las manos, sin sacarse el abrigo y sin almorzar, corría hacia la computadora para empezar cuanto antes a jugar su juego favorito o ver algún dibujito. El papá de Nicolás trabajaba muchísimo, por eso volvía a casa tarde y no siempre podía ver cómo su hijo pasaba el tiempo después de la escuela. La mamá le repetía constantemente al niño que no podía pasar tanto tiempo en la computadora, pero sus palabras eran en vano.
¡Nicolás, basta de jugar en tu computadora! Andá a comer después de la escuela y después ponete a hacer la tarea.
Le decía la mamá a su hijo.
Mami, voy a jugar un poquito más y después hago la tarea.
Respondía el niño, quedándose cada vez más tiempo en la computadora.
Los amigos de Nicolás seguían jugando al fútbol en el patio, andando en bicicleta y yendo a pescar, pero al chico no le interesaba nada más que su nuevo amigo: la computadora. Las notas de Nicolás empeoraron, sus compañeros de clase dejaron de ser sus amigos por completo.
Y un día, cuando Nicolás volvió a casa de la escuela como siempre y se sentó frente a la computadora, de repente sintió que le dolían mucho los ojos. Además, por alguna razón empezó a ver peor.
¿Qué me está pasando?
Se preguntó Nicolás.
¿Será verdad lo que decían mamá y papá? ¿Acaso la computadora puede arruinar la vista?
Razonaba el niño con perplejidad.
Afuera hacía un tiempo hermoso, y Nicolás de repente se acordó de sus amigos, con quienes antes se divertía mucho. Entonces el chico decidió hacer una pausa y salir un rato a la calle con sus amigos.
Al salir a la puerta, Nicolás gritó:
¡Eh, pibes, vamos a andar en bici! ¿O jugamos al fútbol?
Pero los chicos, al mirar al niño, hicieron como que no lo escuchaban y siguieron jugando entre ellos, sin Nicolás.
Toño, Pablo, ¿qué pasa, no me escuchan?
Preguntó Nicolás.
¿Cómo no te vamos a escuchar? ¡Te escuchamos! Pero ya no queremos jugar con vos. Vos tenés un nuevo amigo: la computadora, así que andá a pasear con ella. Nosotros vamos a ir a pescar, andar en bici y jugar al fútbol sin vos.
Nicolás, triste, se fue a casa, pensando para sí:
Bueno, no necesito que jueguen conmigo, me las voy a arreglar solo de alguna manera. Ahora me voy a sentar en mi computadora favorita y voy a jugar, y no necesito a nadie más.
El niño se sentó en el escritorio de la computadora y volvió a ponerse a jugar a los tanques.
Y de repente entró corriendo Martina y gritó:
¡Nicolás, mirá qué vestido tan lindo me hizo mamá! Es tan brillante que ahora me van a ver desde lejos, ¡y todos me van a envidiar!
Ay, Martina, ¿dónde está lo brillante? Está re apagado y no se nota.
Respondió el niño.
¿Cómo que no? ¿Qué no ves? ¡Es amarillo como el sol, y parezco una flor!
Bueno, hermanita, estás delirando. Está re apagado, medio pálido y nada brillante.
Y de repente Nicolás miró la pecera que hacía tiempo estaba en la habitación que compartía con su hermanita. Antes los peces eran brillantes: amarillos y rojos, pero ahora la vista del niño se había nublado y no pudo distinguir cuál era cuál.
Se fue corriendo donde su mamá y le dijo:
Mami, mami, nuestros peces están re pálidos. ¿Qué les pasó?
Con los peces, hijito, no pasó nada, sos vos que estás tanto tiempo en la computadora que tus ojitos se cansaron mucho y empezaste a ver mal.
Respondió la mamá.
Entonces Nicolás decidió que nunca más iba a quedarse tanto tiempo en la computadora. Le dio miedo no poder ver más el pasto verde y hermoso, el sol amarillo brillante y el cielo celeste. Salió corriendo a la calle y fue donde sus amigos.
Perdónenme, chicos, nunca más los voy a cambiar por la computadora. Por culpa de ella los chicos arruinan la vista, y además por culpa de ella casi pierdo a mis mejores amigos.
Los chicos perdonaron a Nicolás y todo se arregló. El niño solo de vez en cuando se sentaba en la computadora para buscar algo que necesitaba para las tareas o jugar un ratito. El estudio en la escuela mejoró, los amigos volvieron a pasar a buscar al niño para jugar al fútbol juntos o ir a pescar. Y los peces de la pecera volvieron a ser brillantes y hermosos.