Vivía en el mundo un chico llamado Tomás. Y era como todos los chicos: un poco travieso, pícaro y alegre. Sin embargo, conocía los límites: ayudaba a su mamá, hacía la tarea con esmero y hasta ordenaba su cuarto de vez en cuando.
Pero Tomás tenía un solo defecto: no valoraba para nada sus juguetes. Lo que sea que sus padres le compraran, todo se rompía.
La mamá le traía un transformer enorme y Tomás lo dejaba olvidado en el banco de la plaza.
El papá le compraba un tanque importado y el chico enseguida lo desarmaba y tiraba las piezas.
Y por más que mamá y papá insistieran, Tomás no trataba a sus juguetes con respeto. Una vez los padres hasta lo escucharon decirle a un amigo: «Total, papá y mamá me van a comprar más».
Y así hubiera seguido el chico creciendo, si no fuera por un incidente. Una mañana Tomás se despertó, miró en su caja de juguetes y no encontró nada. Solo estaba tirada una vieja locomotora, de esas soviéticas.
Entonces Tomás se asustó y llamó a su mamá.
Se fueron todos tus juguetes, Tomasito.
La mamá sacudió la cabeza con pesar.
¿Cómo que se fueron? ¿Adónde?
Se frotó la nariz ofendido y casi se puso a llorar. Pero los varones no podían llorar.
A la casa de otro chico que cuida sus juguetes.
¿Y qué hago yo?
Pero la mamá solo se encogió de hombros y, yéndose a la cocina, comentó:
Los errores hay que arreglarlos uno mismo.
Tomás se quedó sentado en su cuarto, pensó y se le ocurrió una idea. A escondidas se metió en el taller de su papá y tomó prestados un par de tubos de pintura. Se sentó en la alfombra de su cuarto, acomodó los pinceles y se puso a trabajar.
Pasó apenas un día, pero la locomotora ya parecía nueva. Y desaparecieron los costados con la pintura descascarada. Eso sí, la alfombra y Tomás también quedaron llenos de pintura, y el chico estaba cansado. No era fácil este trabajo de reparar juguetes.
Y al día siguiente, al volver de la escuela, el chico no podía creer lo que veía. ¡Sobre la cama de su cuarto había un robot! Tomás saltó contento hacia la caja de juguetes y estaba llena otra vez.
Desde entonces nunca más rompió ni perdió sus juguetes. Y lo que rompía sin querer, siempre lo arreglaba con la ayuda de su papá.