Juanito vivía en una gran familia unida en un pequeño pueblo junto con su mamá, papá y abuela. El niño era muy inquieto, por lo que pasaba días enteros en la calle con sus amigos: jugaba al fútbol, andaba en bicicleta, corría al río a nadar y divertirse.
Cada vez que llegaba la hora del almuerzo o la cena, mamá tenía que pasar horas llamando al niño para que comiera, especialmente si mamá preparaba sopa o guiso, pues de ninguna manera Juan podía llegar a querer esa comida saludable y nutritiva. Pero había excepciones, cuando el niño dejaba los juegos y corría a casa. Esto sucedía cuando la abuela venía de la ciudad y le traía al nieto golosinas: chocolates, chupetines y caramelos.
Una vez, en un hermoso día, cuando Juanito paseaba con sus amigos, la abuela regresó una vez más de su viaje. El niño sabía que cada sábado la abuelita sin falta lo alegraba con algo dulce.
Sin terminar de jugar y al ver a la abuela bajando del colectivo, Juanito corrió a su encuentro gritando:
¡Abuelita, querida, me trajiste algo rico y dulce?
La abuela con una sonrisa en el rostro le respondió:
Por supuesto, mi querido nieto, te traje chocolates y caramelos, me abastecí para toda la semana. Pero no se pueden comer muchos, si no te va a doler la pancita y se te van a arruinar los dientes rápidamente.
Pero no fue así, esa misma noche Juanito se escabulló a la cocina a escondidas de sus padres y discretamente llenó su remera con un montón de caramelos. Se acomodó en su cama suave y tibia y empezó a devorar uno tras otro. Se comió todos los caramelos y se durmió.
Y el niño tuvo un sueño muy extraño, pero interesante y colorido. Corría con sus amigos por un campo verde y de repente, al darse vuelta, vio un hermoso palacio con carteles brillantes. Los amigos pasaron corriendo y desaparecieron sin que se diera cuenta, pero Juanito se quedó, le dio mucha curiosidad saber qué había en ese palacio.
Acercándose lentamente al palacio, vio un portón multicolor, cubierto con los caramelos favoritos del niño, y fue como si algo lo atrajera allí. Recogió todas las golosinas y las tragó de inmediato, Juanito decidió seguir adelante, a ver si podía encontrar algo más rico.
De repente vio a un payaso parado en el centro del palacio. En su espalda llevaba una enorme bolsa, y a todos los niños que se acercaban les daba un caramelo grande. Juanito sin pensarlo mucho decidió acercarse, después de todo él también era un niño y seguramente le regalarían alguna golosina.
Al ver al niño, el payaso se rió y con voz alegre dijo:
¿Y quién es este pequeñito que se acercó? ¿Cómo te llamás?
Juanito.
Respondió el niño.
¿Y con quién vivís, Juanito? ¿Dónde están tus padres?
En casa están mamá, papá y la abuela.
Juanito, ¿te gustan los dulces?
Por supuesto que me gustan, a todos los niños les gustan los caramelos y chocolates.
Nosotros jugamos con todos los niños acá a un juego muy interesante. ¿No querés jugar con nosotros?
Por supuesto que quiero, acá se divierten mucho.
Respondió Juan.
Si querés recibir un caramelo de regalo, tenés que contarnos alguna poesía, cantar una canción o bailar un baile. ¿Estás listo?
Explicaba entusiasmado las reglas del juego el payaso.
Acepto, en el jardín aprendimos muchas canciones y poesías.
Respondió Juanito con impaciencia.
Después de recitar su poesía favorita, el niño recibió de regalo un gran chupetín, el que más le gustaba de todos, y decidió mirar un poco alrededor, a ver si veía algo más interesante. Todo alrededor brillaba, los carteles luminosos de las tiendas de golosinas atraían al pequeño niño, pero él tenía su chupetín y decidió simplemente pasear. De repente vio a un niño pequeño que estaba sentado junto a una puerta.
Juanito se acercó y le preguntó:
Hola, soy Juanito, ¿qué hacés acá? ¿Te pasó algo? ¿Por qué estás tan triste?
Hola. Estoy tan triste porque me duele mucho un diente. Mamá ahora me va a llevar al doctor, y tengo mucho miedo.
Respondió el niño.
¿Qué pasó?
Preguntó Juanito.
Comí muchos caramelos, pensaba que era saludable y rico. Resultó que los caramelos son dañinos y pueden arruinarnos los dientes.
No digas pavadas. Los caramelos no son nada dañinos, es la comida más saludable y rica. ¡Y no necesitamos guisos, sopas ni milanesas!
Se indignó Juanito.
Juanito se enojó y siguió caminando. Gradualmente su gran chupetín se iba haciendo más pequeño, y finalmente se lo terminó.
¿Qué hago ahora?
Pensó Juanito y se fue a buscar caramelos. De repente vio al payaso con el que se había encontrado hace poco.
Alegre, el niño corrió hacia él y le dijo:
Me terminé mi gran chupetín, ¿puedo tener otro? Les voy a cantar una canción muy linda.
Por supuesto que podés.
Respondió el payaso.
Juanito cantó la canción y recibió una enorme barra de chocolate.
Desenvolviéndola de inmediato, el niño siguió caminando.
Y de repente ve, junto a la hamaca, a un niño con una niña sentados y llorando.
¿Qué hacen acá? ¿Por qué lloran? ¿Les pasó algo?
Sí, nos duelen los dientes, y nuestras mamás ahora nos van a llevar al doctor, por eso tenemos miedo.
¡Ay, no me digan que es por los caramelos!
Se indignó Juanito.
Sí, sí, justamente por los caramelos y chocolates.
Gritaron los niños al unísono.
¡Ay, cómo me cansan! Todos repiten lo mismo: no se pueden comer caramelos, te van a doler los dientes. ¡Todo eso es mentira!
Gritó Juanito aún más fuerte, se dio vuelta y se alejó corriendo de ellos.
Y entonces, al terminar el chocolate, Juanito sintió que su diente también empezó a doler, cada vez más y más.
¿Será verdad lo que decían esos niños? ¿Será que los caramelos son realmente tan dañinos? —se preguntó Juanito.
El niño decidió irse a casa para que el dolor no aumentara. Pero con cada minuto el diente empezó a doler más y más. Y en su camino se encuentra nuevamente con el mismo payaso.
Juanito corrió hacia él y le dice:
Payaso, ayudame, decime, ¿por qué les duelen los dientes a los niños pequeños?
¿Acaso no sabés? A los niños y niñas pequeños no se les puede dar muchos caramelos y chocolates.
Se sorprendió el payaso.
¿Y por qué me los das vos, si sos tan inteligente?
Porque los niños hasta que no lo entienden por sí mismos, de ninguna manera les creen a los padres, abuelas y abuelos. Pero cuando les duele un diente, enseguida entienden que comer muchos dulces es dañino. Así es como yo ayudo a los niños pequeños a entenderlo.
Y entonces Juanito se despertó. Por suerte sus dientes estaban completamente sanos, pero el niño se asustó tanto de que le fueran a doler, que de inmediato corrió a la cocina, juntó todos los caramelos y se los dio a los adultos.