En lo alto de una montaña muy, muy alta, en un viejo Castillo abandonado, vivía un gran dragón rojo llamado Jurtzurshur. ¡Tenía mil años! Pasó la mitad de su vida en ese Castillo, sin limpiar nunca. Y un día se dio cuenta de que había tantas telarañas por todos lados y una capa de polvo tan gruesa, que estornudaba constantemente. Y con sus estornudos tan fuertes, las paredes temblaban y comenzaban a derrumbarse.
Para que su casa no se desmoronara por completo, Jurtzurshur decidió buscar a la princesa más hermosa. Porque ellas siempre viven en los palacios más pulcros. ¡Así que cuando tuviera una, toda su casa se transformaría de inmediato!
El Dragón salió al tejado, desplegó sus alas y voló. Voló y voló, hasta que vio un nuevo Palacio con un jardín pintoresco, donde paseaban tres hermosos hijos del rey: dos Princesas y un Príncipe. Se acercó volando a la hermana mayor, la agarró con sus garras y se la llevó a casa.
La encerró en una torre solitaria y le dijo que debía hacer todo hermoso. Y él se fue a descansar, porque ya era viejito y estaba cansado de tanto volar.
Se despertó al día siguiente, fue a la torre, y no había nadie. Y vio en el piso polvoriento huellas de botas de caballero. Comprendió que había venido un Príncipe y le había robado a su prisionera.
Bueno, está bien. Por estas chicas siempre vienen caballeros. ¡Me llevaré al príncipe entonces!
Pensó Jurtzurshur.
Voló en busca del joven Príncipe. Vuela y ve que en el jardín no hay nadie. Rodeó el castillo, y del otro lado había un bosque espeso. Y entre los árboles cabalgaba el Príncipe en un caballo blanco, cazando. El Dragón esperó a que el Príncipe saliera a un claro, lo agarró y se lo llevó a casa.
Lo encerró en la torre solitaria y le dijo que limpiara el Castillo. Cerró con llave todas las puertas que daban al exterior y se fue a dormir.
Se despertó al día siguiente, fue a revisar, ¡y en la habitación otra vez no había nadie! Y solo la ventana estaba abierta, con una soga larga colgando hasta el suelo. El Dragón comprendió que el Príncipe también se había escapado.
Bueno, está bien. ¡La tercera vez no me van a engañar! ¡Me llevaré a la Princesa más pequeña y la obligaré a vivir acá! Cerraré todas las ventanas con llave, para que nadie la robe y ella misma no se escape.
Decidió Jurtzurshur.
Voló otra vez al Palacio pulcro. En el jardín no paseaba nadie, en el bosque nadie cazaba. Jurtzurshur se enojó y ¡cómo rugió! Hasta los árboles temblaron. La pequeña Princesa escuchó esto en su habitación, le dio curiosidad saber quién hacía tanto ruido. Abrió la ventana, y el Dragón la vio, rápidamente se acercó volando – ¡zas! – y se la llevó.
Encerró a la niña en la torre solitaria, cerró todas las ventanas con gruesas rejas y le dijo que ahora esa era su habitación. Y que limpiara todo para que quedara hermoso. Y él se fue a dormir.
Se despertó por la mañana y lo primero que hizo fue ir a revisar qué tan limpio y hermoso había quedado todo. Camina por los pasillos y salones, y por todos lados hay polvo, como antes. Entra a la torre solitaria donde está la pequeña prisionera, y allí todo está limpio, la cama prolijamente tendida, y no hay polvo por ningún lado. Se enojó porque solo una habitación estaba limpia, y dice:
¡Te dije que limpiaras todo, por qué los demás salones están sucios!
Y la Princesa responde:
A nosotros nos enseñaron que siempre hay que decir "por favor", y vos me secuestraste sin permiso, y encima le das órdenes a la mismísima hija del rey. Deberías tener vergüenza. Yo limpié solo acá, porque dijiste que esta era mi habitación. Y a las personas de la realeza les da vergüenza vivir en la mugre. Pero el resto del castillo es tu casa, así que vos mismo cuidá su orden. ¿Por qué pensaste que en tu lugar debería limpiar otra persona?
El Dragón sintió vergüenza. Se disculpó con esta niña inteligente. Y le pidió que lo ayudara con la limpieza.
Y la Princesa no solo era muy linda, sino también muy bondadosa, así que aceptó ayudar al viejo Dragón.
Y así él comprendió que la belleza de una casa depende de la educación de su dueño. Y que cuanto más uno se cuida a sí mismo y a su casa, más hermoso será todo alrededor.