El dragón que se comió todas las estrellas
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El dragón que se comió todas las estrellas

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Un cuento original sobre un pequeño dragón llamado Felipe, que sin querer se comió todas las estrellas del cielo. Se armó tremendo lío. Descubramos rápidamente cómo termina este tierno cuento.

Una noche de primavera, el pequeño dragón Felipe no podía dormir. Su cola le impedía acomodarse bien, sus alas le pinchaban la nariz, y las púas de su espalda se enganchaban molestamente con la manta.

Y después, para colmo, le empezó a rugir la panza. Eso sí que no estaba bien: dormir con el estómago vacío. Tuvo que levantarse despacito y pasar sigilosamente junto a la vieja niñera Agustina hasta la salida. Por suerte, ella roncaba muy fuerte, así que no escuchó cuando la puerta de madera con la letra F chirrió.

Felipe salió y se quedó pensando. ¿Qué podría comer? ¿No sería mejor ir volando a la cocina de noche? En lugar de eso, simplemente caminó por su rama, sin rumbo fijo. Y sus ojos de dragón miraban valientemente hacia adelante. Y un poquito hacia arriba. Cuando llegó hasta el final de la rama, no pudo contener un admirado "¡guau!".

Desde el cielo lo miraban racimos de estrellas brillantes que iluminaban el árbol nocturno. Centelleaban y resplandecían como el rocío en el pasto. Y a Felipe le encantaba el rocío. Era tan dulce. Hasta se relamió.

El dragón las miraba y miraba, y de repente recordó ¡qué hambriento estaba! Y empezó a tragarse esas estrellas. Felipe se tragaba las estrellas rápido, sin discriminar: las pequeñas y las grandes, las brillantes y las más opacas. Solo reaccionó cuando todo a su alrededor se volvió completamente oscuro.

¡Ay! ¿Qué pasó? ¿Por qué está tan oscuro? ¡Ay, no veo nada, qué mie-edo!

Felipe se asustó. Y después le empezó a doler la panza. El dragón bajó la cabeza y miró hacia abajo: estaba todo hinchado y brillaba un poco desde adentro, como un farol roto. Se sintió muy mal del estómago y empezó a llorar lágrimas calientes. Tan fuerte que todos se despertaron en el árbol de los dragones.

Y enseguida empezó el tumulto, los dragones se pisaban las alas, las cabezas y las colas unos a otros, algunos se caían y tropezaban. Y alguien casi provoca un incendio tratando de iluminarse el camino. La oscuridad era total. Y solo la panza de Felipe brillaba levemente en medio de todo ese desastre.

Muy pronto los habitantes del árbol se reunieron alrededor de la única fuente de luz. La niñera movía la cabeza, el estricto maestro Jenofonte miraba atentamente a Felipe, los demás susurraban bajito, tratando de averiguar qué pasaba.

Finalmente, Jenofonte se dirigió al causante de la reunión inesperada:

¿Qué hacés acá, pequeño?

Por el tono severo, Felipe empezó a llorar tan fuerte que le salió humo de las orejas. Entonces el maestro le habló más suavemente.

¿De qué cuarto sos?

Mi cuarto es el de la letra F.

Sorbió la nariz el dragoncito. La niñera Agustina asintió.

¿Y cómo llegaste acá?

Preguntó ella.

Fui a buscar algo para comer.

Dijo Felipe.

¿Acaso tenías hambre? ¡Si para la cena había milanesas de primera!

Se indignó la anciana. Su cara, que parecía más bien de cocodrilo, temblaba.

No me gustan las milanesas.

Susurró Felipe casi sin voz.

¿Entonces por qué no fuiste a la cocina?

Gritó alguien desde la oscuridad. Todos empezaron a asentir y a estar de acuerdo.

No sé. Caminaba por la rama y de repente las vi.

¿A quiénes viste?

Preguntaron desde la multitud.

A las estrellas.

Felipe levantó la nariz y miró hacia donde antes brillaban las estrellas. Y recién ahí los dragones entendieron por qué estaba tan oscuro.

¿Te comiste todas las estrellas?

Gritaron, se indignaron desde todos lados.

No todas. Solo las que alcancé.

Dijo Felipe. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo otra vez. Se pusieron a decidir urgentemente qué hacer con Felipe.

Hay que colgarlo cabeza abajo: se van a caer solas.

Decían algunos.

No, acá hay que actuar con métodos más radicales.

Decían otros.

¿De qué hablan? Hay que llevar urgentemente al dragoncito al doctor. ¡Puede que necesite una operación!

Proclamó Jenofonte. Y con esas palabras Felipe se preocupó mucho más que con los misteriosos "métodos radicales" y la perspectiva de colgar cabeza abajo.

Del susto, el dragón empezó a hipar fuerte. Y de repente salió una estrellita de él. Primero una, después otra. Y con cada hipo salían cada vez más seguido.

Se hizo completamente de día, porque todas esas estrellas quedaban flotando sobre el árbol y no tenían apuro por volver a subir. Pronto se acabaron las estrellas en la panza de Felipe. Los adultos casi todos se fueron. Junto al dragoncito solo quedaron la vieja niñera y Jenofonte.

Bueno, ¿te gustaron?

Preguntó cansado el maestro.

No, no me gustaron. Son tan puntiagudas y frías, esas estrellas. Solo me dolió la panza. Y todavía tengo hambre.

Felipe miró al cielo y les hizo un gesto amenazante con el puño a las malvadas.

No tenían que pincharme la panza, mejor quédense ahí arriba, iluminando.

Y para sus adentros pensó: "Pero la luna es tan amarilla, seguro que es dulce. Mejor hubiera mordido esa, Felipe tontito".

Con esos pensamientos el dragoncito se fue a su camita siguiendo a la vieja niñera Agustina, y ella seguía temblando, moviendo la cabeza con desaprobación y refunfuñando bajito sobre las milanesas de primera.

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