El cuento de Lucía la desobediente
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El cuento de Lucía la desobediente

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Un cuento original sobre una niña que desobedeció a su mamá y se metió en problemas. No hay que ocultarle nada a los adultos, y si tenés un deseo muy especial, contáselo a tus padres y ellos harán todo lo posible por cumplirlo.

Había una vez una niñita llamada Lucía. Junto con su mamá solía ir seguido al supermercado a comprar comida y, al pasar por el sector de juguetes, se quedaba embobada mirando las muñecas hermosas, los grandes juegos de construcción y los peluches suavecitos.

Y así fue que, una vez más, cuando mamá y su hijita fueron al supermercado, Lucía vio un hermoso oso panda de peluche. Era enorme, blanco y negro, suavecito, como si estuviera vivo mirando a Lucía y sonriéndole. Lucía deseaba tanto que esa maravilla viviera en su casa, en su habitación. Además, pronto sería su cumpleaños, y ese era justamente el regalo que tanto quería recibir en su esperado día mágico.

La nena se puso a llorar y empezó a pedirle a su mamá que le comprara ese juguete inmediatamente. Pero mamá tenía tantas bolsas en las manos, y después de las compras no le quedaba plata, así que le prometió a su hijita que le compraría ese juguete un poquito más adelante, el día del cumpleaños de Lucía.

Al llegar a casa, la nena no podía dejar de pensar en el hermoso panda que había visto en la vidriera del negocio.

Lucía se acercó otra vez a su mamá y le dice:

Mami, ¿no podríamos ir ahora mismo a comprar ese juguete divino? Porque mañana se lo pueden comprar a otra nena, y entonces yo me voy a quedar sin regalo.

Mi amor, te vamos a comprar ese panda cuando llegue tu cumpleaños. Ahora es de noche, el negocio ya está cerrado.

Lucía miró a su mamá con tristeza y se fue a su cuarto. Y entonces Lucía decidió ir al negocio y comprarse el juguete ella sola. Por supuesto, ahora no iría a ningún lado, afuera era de noche, pero mañana la nena seguro se le ocurriría algo y saldría en busca de su sueño a la juguetería.

Llegó la mañana y mamá llevó a Lucía al jardín. Como siempre, durante todo el día los chicos del grupo aprendían a escribir, leer, contar, hacían manualidades y jugaban con juguetes. Y llegó la hora de la siesta. Todos los nenes se pusieron sus lindos pijamas, doblaron su ropa en las sillitas y se acostaron en sus camitas. Lucía también se acomodó bien para dormirse rápido, pero el hermoso panda de peluche no se le iba de la cabeza.

Sin pensarlo mucho, y viendo que todos los nenes ya dormían profundamente en sus camitas, Lucía decidió salir despacito, sin que nadie se diera cuenta, de debajo de la manta e irse en busca de su sueño a la juguetería. Pasando sin que la viera la maestra, la nena se fue por el camino conocido hacia el negocio donde ella y su mamá iban seguido. Lucía corrió mucho tiempo por el caminito, pero no podía encontrar ese mostrador con un montón de juguetes coloridos.

Y llegó la tarde, en la calle hacía mucho frío y estaba casi oscuro. Lucía se asustó y decidió volver al jardín para que no la retaran. Pero al darse vuelta, la nena se dio cuenta de que estaba perdida. Ninguno de los negocios ni las otras casas que la rodeaban ahora los había visto antes, así que no sabía para qué lado ir.

Lucía camina, llora, y de repente se le acerca una señora y le pregunta:

Nena, ¿qué hacés caminando sola por la calle a la tardecita? ¿Dónde está tu mamá?

Me perdí. Estaba buscando mi negocio favorito de juguetes y parece que pasé de largo. Ahora no sé para dónde ir.

Respondió Lucía.

Vamos a ver. ¿Cómo te llamás?

Preguntó la señora.

Lucía.

¿Y con quién vivís?

Con mi mamá.

¿Vas a la escuela o al jardín?

Sí, voy al jardín.

¿Cómo se llama?

Mi jardín se llama «Frutillita», y cerquita está nuestra casa con mamá.

Bueno, yo sé dónde queda eso. Vení que te llevo al jardín y ahí vemos.

Al rato Lucía y la señora ya estaban llegando al jardín. Y de repente Lucía vio a su mamá, que estaba sentada en la escalinata llorando amargamente.

Lucía corrió hacia ella y gritó fuerte:

¡Mami, mi amor, estoy acá, no llores!

Hijita, ¿dónde estuviste? ¡No sabía qué hacer!

Respondió la mamá llorosa, corriendo al encuentro de Lucía.

Mami, yo quería tanto ese hermoso panda que vimos en el negocio, que decidí comprármelo como sea. Me fui sola del jardín y salí a buscarlo, pero me perdí. Esta señora buena me mostró el camino y me trajo acá. En la calle daba tanto miedo, había señores y señoras desconocidos, hacía mucho frío, ¡y pensé que nunca más te iba a ver! Mami, me asusté tanto, no me retes, por favor, ¡nunca más lo voy a hacer!

Mamá abrazó a la nena y le secó las lágrimas. Al día siguiente fueron juntas al negocio y compraron ese mismo panda que tanto le había gustado a la nena. Desde ese día Lucía nunca más salió a la calle sin permiso de su mamá, siempre la agarraba de la mano y no se escapaba.

Y si Lucía quería algo con muchas ganas, se lo contaba a su mamá, y juntas iban a buscar el juguete que le gustaba. La nena entendió que si se escapaba así, un día podía perderse para siempre y nunca más ver a su mamá querida ni a sus amiguitos del jardín con los que jugaba tan divertido.

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