Había una vez un pequeño cepillo de dientes. Vivía en un vasito especial en el baño, al lado de los cepillos grandes. Por la mañana y por la noche, los cepillos grandes se turnaban para ir a limpiar los dientes, y luego volvían mojados y limpios, ¡y hasta con olor a pasta dental! Pero el cepillito a veces se quedaba todo el día parado en el vasito, sequito. Y entonces los cepillos grandes empezaban a burlarse de él:
¡Mirá, no le sirve a nadie, no lo usan para limpiar los dientes! ¿Será que tenés las cerdas despeinadas? ¿O el mango torcido e incómodo? ¿O tal vez sos tan feo que nadie quiere ser tu amigo? ¡Entonces nosotros tampoco vamos a ser tus amigos!
El pequeño cepillo de dientes se quedaba ahí parado y ni siquiera podía llorar, porque estaba sequito-sequito. Y pensaba:
Pero si yo soy bueno, lindo, y mis cerdas están derechitas, y mi mango es cómodo. ¿Por qué no me usan para limpiar los dientes?
Pero a veces sí lo agarraban. Lo mojaban con agua y lo volvían a poner en su lugar, pero no limpiaban los dientes. Seguramente para engañar a los grandes. Y entonces los cepillos grandes se reían otra vez:
¡Mirá, no huele a pasta dental! Seguro que sos tan horrible que nadie quiere usarte para limpiarse los dientes. ¡No queremos ser tus amigos!
Y a veces pasaba que con el cepillito sí limpiaban los dientes, pero muy rápido. Y cuando el cepillito volvía al vasito, estaba mojado y olía a pasta dental. Pero los cepillos grandes se burlaban de nuevo:
¿Y por qué volviste tan rápido? ¡Seguro que da asco limpiarse los dientes con vos! Puaj, no vamos a ser tus amigos si sos tan asqueroso.
El cepillito se quedaba toda la noche muy triste. Toda la gente dormía, los juguetes tenían sueños de peluche, los diferentes objetos de la casa dormitaban tranquilos. Y solo el pequeño cepillo de dientes juntaba todas las gotitas que tenía y lloraba despacito en el lavabo: «Plic... Plic... Plic...».
Pero un día lo agarraron, lo mojaron bajo la canilla, le pusieron pasta y limpiaron los dientes por mucho tiempo. ¡El cepillito pudo conocer a cada dientito, hasta los más lejanos, que nunca había visto antes! Y uno de los dientes de atrás le contó lo que había pasado. Resulta que se le había pegado un pedacito chiquitito de caramelo y estuvo ahí varios días. El cepillito con la pasta no venían a visitarlos, así que el pedacito le hizo un agujero de verdad al diente.
Al dientito le dolió mucho-mucho, ni siquiera podía dormir. Después vino el doctor, lo curó y le explicó que si no usaban el cepillo, se iba a enfermar otra vez. Por eso ahora cada mañana y cada noche el cepillito venía de visita y limpiaba cada dientito junto con la pasta dental aromática.
Los cepillos grandes vieron lo bien y lo mucho que trabajaba, y empezaron a elogiarlo:
¡Qué genial que sos! Mirás cada dientito, no te olvidás de ninguno. ¡Estamos muy orgullosos de vos! ¡Seamos amigos!
Y todos estaban muy-muy contentos. Los dientes ya no dolían más, y los cepillos no peleaban ni maltrataban a los que trabajaban poco. El cepillito ya no se sentía solo, porque por la mañana y por la noche se encontraba con todos sus amigos los dientes, que le contaban muchas historias interesantes.
¿Vos qué pensás, tu cepillito conoce a todos tus dientes? ¿Y se lleva bien con los otros cepillos o llora de noche mientras todos duermen?
Van a estar contentos los cepillos,
Van a estar contentos los dientes,
Si no nos olvidamos
¡De cepillar dos veces al día!