En el borde de un gran bosque espeso vivía una familia de ardillas: mamá, papá, cuatro ardillitas hijas y un ardillito hijo. Vivían en un hueco grande y espacioso que papá había construido en un viejo roble. Allí era muy cálido y acogedor, y cada ardillita tenía su propia camita de madera.
El roble donde vivía la familia era muy viejo y tenía muchísimas bellotas. Las ardillitas adoraban trepar a las ramas y jugar a las atrapadas. Las cuatro niñas ardillitas eran mayores, y el más pequeño era el hijito ardillito.
Cada mañana las hermanitas lo despertaban gritando:
¡Eh, hermanito ardillito, despertate! ¿Cuánto vas a dormir? ¡Afuera hace un día hermoso, el sol brilla, los pajaritos cantan! ¡Vení a jugar con nosotras, dejá de dormir!
¡No quiero! ¡Voy a dormir un poco más! Déjenme tranquilo, vayan a jugar ustanas solas, ¡me da fiaca salir de mi camita calentita!
Respondía el pequeño ardillito.
¡Chicos, no peleen! Son hermanos. Si el nene no quiere pasear, que duerma. Es el más chiquito de todos, ¡necesita dormir y recuperar fuerzas!
Se quejaba papá.
Las niñas enseguida se ofendían y se iban a jugar a otro árbol, mientras el pequeño ardillito seguía durmiendo plácidamente. Y así pasaba casi todos los días.
Además, el pequeño ardillito era muy miedoso, hasta le tenía miedo a su propia sombra. Y una vez, cuando afuera se desató un viento fuerte y tronó, se largó a llorar y se escondió en el rincón más recóndito del hueco, de donde papá apenas pudo sacarlo a la fuerza.
Afuera hacía calor, era el mes de agosto. La familia salía seguido de casa para buscar comida juntos. Pero el manjar más rico eran las bellotas que crecían en el roble. Pero últimamente no había llovido nada, y los rayos ardientes del sol habían secado gradualmente las hojas de los árboles. Las bellotas se cayeron, y ya para el otoño las ardillas no tenían nada para comer.
Mamá y papá reunieron a todos los chicos y dijeron:
¡Nuestras pequeñas ardillitas! Todo el verano hizo un calor terrible y todas las reservas de nuestro árbol se secaron. Ahora no tenemos nada para comer y necesitamos ir a buscar otro bosque donde podamos vivir y recolectar bellotas y nueces. Nuestro árbol ya está viejo y difícilmente podamos recoger alguna cosecha de él.
¡Qué bueno! ¡Será nuestra nueva aventura! Nos juntaremos todos y saldremos a buscar una nueva casa y nuevos árboles grandes donde crezcan muchas bellotas. Caminaremos juntos, cantaremos canciones alegres y conoceremos muchos amigos nuevos!
Se alegraron las hermanitas ardillitas.
Lamentablemente, papá no podrá ir.
Dijo mamá.
Resulta que hace unos días papá tuvo una pelea con una comadreja que quería quitarle las nueces que un erizito le había dado para los chiquitos. En la pelea papá se lastimó mucho la patita y ahora no podrá caminar lejos.
¡Yo voy a ir!
De repente, inesperadamente para todos, dijo el hijito ardillito.
¡Jajajaja! ¿Vos? ¡Pero si le tenés miedo hasta a tu propia sombra! ¿Cómo vas a andar solo por el bosque? Y si sopla el viento y truena, ¡del susto te vas a olvidar adónde ibas!
Se rieron a carcajadas las hermanitas ardillitas.
¡No me voy a olvidar de nada! Cuando papá y mamá hablaban una vez, escuché que papá le decía a mamá que en la familia el hombre debe conseguir la comida, y también debe cuidar a sus seres queridos, porque ustedes son nenas, no tienen que hacerlo. ¿Y quién es el hombre acá, hermanitas, ustedes? ¡No! Por eso ustedes se van a quedar en casa con mamá, y yo voy a ir a buscar un nuevo bosque para nuestra familia.
Anunció decidido el ardillito.
Después de prepararle un atadito con un poco de comida, mamá y papá mandaron al hijito en camino.
Camina el ardillito por el bosque, mirando alrededor. Da miedo andar solo acá, ora grazna un cuervo, ora sopla el viento, ora las hojitas hacen ruido con el viento... Pero el pequeño sabe que debe cuidar a su familia, porque papá está enfermo y no se puede dejar a las hermanitas sin mamá.
El ardillito caminó mucho tiempo y de repente, a lo lejos, vio un nuevo bosque. Era tan hermoso, y hasta las hojitas de los árboles no se habían puesto tan amarillas como en su bosque.
De repente, de la nada, en el camino del pequeño ardillito apareció un enorme jabalí salvaje.
Mostró sus colmillos y rugió fuerte:
¿Quién anda acá sin mi permiso? Yo soy el jefe en estos pagos y solo yo decido quién va a vivir acá y quién no.
Al principio el ardillito se asustó muchísimo, ni siquiera podía decir una palabra, como si se le hubiera formado un nudo enorme en la garganta.
Yo... yo... quie...ro...
Intentaba decir algo el pequeño en un susurro.
Hablá más fuerte, si no te voy a comer ahora mismo.
Se enojó el jabalí.
Y entonces el ardillito recordó que en casa lo esperaban cuatro hermanitas, mamá y papá, que confiaban en él.
¡Estoy buscando un nuevo hogar para mi familia! En nuestro bosque hubo una sequía y todas nuestras reservas se secaron. Ahora mis hermanitas tienen hambre y yo salí a buscar una nueva casa y comida.
Dijo el ardillito fuerte y claro.
El jabalí miró al pequeño y dijo:
Sos tan chiquito y tan valiente. No tuviste nada de miedo de venir a estos pagos, aunque todos saben que yo soy el jefe acá y no me gusta que vengan extraños. Nunca antes había visto ardillitas tan corajudas, así que les voy a permitir vivir acá.
El ardillito se puso tan contento que ni se dio cuenta cuando llegó saltando a casa. Contó en casa cómo llegó al nuevo bosque, cómo en el camino le tuvo miedo a los graznidos de los cuervos y al ruido de las hojas. Pero cuando les contó a las hermanitas y a los padres la historia del jabalí, todos juntos exclamaron:
¡Qué crack que sos! ¡No cualquiera podría negociar con el jabalí, porque todos saben que es terrible y muy malo!
El ardillito se sintió tan orgulloso, porque él, un pequeño miedoso, ahora no le tiene miedo a nada.