La niñera Agustina era una de las dragonas más viejas, no en vano su nombre empezaba con A. Siempre llevaba puesto un enorme gorro gris, anteojos viejos y ¡no le gustaban para nada las travesuras!
Y precisamente de esas había de sobra en la habitación con la letra F. A veces Fede quemaba un agujero en la funda del edredón con sus chispas, otras veces Filo soplaba nieve hasta llenar media habitación, y había que barrer todo detrás de él.
Y cuando los dragoncitos se dispersaban por el parque lejos de la niñera, después había que buscarlos por todos lados sin poder encontrarlos.
Así que a Agustina le tocaba regañar a los dragoncitos todo el tiempo y retarlos por sus travesuras. Pero en realidad los quería mucho, y antes de dormir siempre les contaba cuentos. Mágicos, extraordinarios.
Por esos cuentos valía la pena aguantar todos los regaños. Una vez, antes de dormir, la niñera contó un cuento nuevo. Había algo sobre una criatura desconocida llamada mamut y sus aventuras, pero lo más interesante fue al final, cuando encontró a su mamá.
¿Y quién es una mamá?
Preguntó de repente Filo. Le parecía que ya había escuchado esa palabra antes.
Una mamá es aquella que tiene hijos.
Dijo la niñera.
¿Y nosotros también somos hijos?
Preguntó pensativa Fabi.
Por supuesto.
¿Y dónde está entonces nuestra mamá?
Preguntó Fede con tono ofendido.
Ustedes no tienen mamá. Basta de preguntas, es hora de dormir.
Dijo Agustina con firmeza y se dio vuelta suspirando. Cuando se volvió, vio que nadie en el cuarto de los dragoncitos tenía intención de dormir, desde todos lados la miraban ojos tristes.
Bueno, un caramelo verde cada uno y a dormir.
Decidió ella. Todos se animaron de inmediato, la tristeza desapareció como por arte de magia. La niñera caminó pacientemente por la habitación repartiendo consuelo. Solo un dragón no aceptó el caramelo. Filo.
Tomá, el verde es tu favorito.
Dijo Agustina con tono conciliador.
No tengo ganas.
Dijo Filo con tristeza.
Bueno, como quieras.
Dijo la niñera y apagó la luz. No pasaron ni cinco minutos cuando todos empezaron a roncar ruidosa y humeantemente. ¿Pero qué era eso? De repente pareció que hacía más frío. Se escuchó un extraño golpeteo rítmico en el piso de madera.
La niñera enseguida se dio cuenta de qué pasaba y se acercó a la cama de Filo. Él lloraba lágrimas heladas, y ya todo el piso alrededor de él estaba cubierto de nieve por su propio aliento frío.
Shhh.
Lo calló ella cuando él empezó a llorar a los gritos.
¿Qué pasa ahora?
Me acordé de mi amiga, Anita. Ella lloraba tanto cuando su mamá se perdió. Y yo nunca vi a mi mamá... Buaaa...
Lloraba Filo.
Ya basta, vas a congelar todo acá. Vamos, levantate, andá.
Lo llamó ella.
¿Adónde?
Sollozó Filo, rociando a la niñera con una porción de nieve mojada.
Ya vas a ver.
La niñera abrió la puerta del dormitorio.
¡Seguime!
Y el dragón obedientemente voló detrás de la vieja Agustina hacia el cielo nocturno. Llegaron casi hasta la copa del árbol de los dragones. Aterrizaron en una rama y siguieron caminando. La niñera llevó a Filo casi hasta el tronco mismo.
En esta rama te encontramos, en la semilla más hermosa con un brillo violeta.
La niñera sonrió con su recuerdo.
¡Eras tan pequeño y arrugado, pero tan lindo y muy caliente! ¡Humeabas como una locomotora!
¿Entonces nací en un árbol?
Sí, como todos nosotros. Somos frutos del árbol de los dragones.
¿Entonces nuestra mamá es un árbol común y corriente?
Dijo Filo con desilusión.
¿Por qué común y corriente?
Ella tocó la corteza con cariño.
Acercate.
Filo se acercó tímidamente y también tocó el árbol. La corteza era áspera y rugosa, pero el dragón de repente sintió un calor indefinido en su manita de dragón. Filo se animó y abrazó el árbol, extendiendo sus patas tan ampliamente como pudo.
El árbol susurró en respuesta con su follaje y calentó su carita fría por las lágrimas.
Y Filo sonrió. ¡Ahora sabía que mamá estaba cerca!