No se sabe dónde ni cuándo ocurrió esto, pero circulaba por nuestra ciudad una leyenda. Contaban que por los bosques vagaba un auténtico ciervo. Y no era uno común y corriente. A diferencia de sus congéneres, aquel ciervo dejaba tras de sí un rastro dorado por donde quiera que pasara. Todos los cazadores creían que el ciervo estaba repleto de oro puro.
Se decía que había sido un joven castigado por su avaricia. Según contaban, le había robado lo último que tenía a un hechicero, se había llevado su cetro de oro. Y por ello fue castigado con una carga pesadísima: el mago malvado lo transformó en ciervo y le llenó el vientre completamente con sus amadas monedas de oro.
No se sabe si era verdad o mentira popular, pero el hecho seguía siendo un hecho: por donde pasara el ciervo veloz, quedaba oro. Y por eso era cuestión de honor para cada cazador atraparlo y conseguir el preciado metal.
Y Juan no se quedó al margen. Era considerado el mejor cazador del pueblo: cualquier presa que le mostraras, la abatía. En su haber tenía liebres escurridizas y aves ágiles. Pero a pesar de todo, aquel cazador era justo. Juan nunca tocaba a los animales heridos. Solo cazaba animales que causaban problemas a la gente: robaban coles de los campos, destruían las cosechas.
Pero no pudo resistirse a semejante tentación: abatir a un auténtico ciervo dorado. Sin pensarlo mucho, se echó el rifle al hombro y se fue al bosque. No encontró al cervatillo pronto, tuvo que vagar varias horas por la espesura. Pero finalmente llegó a un claro, y allí, mira por dónde, estaba sentado el cervatillo.
Juan levantó el rifle al hombro, pero de repente se detuvo. El ciervo volvió la cabeza hacia él, pero no se movió, solo se quedó inmóvil y pareció llorar. Y de una manera tan desgarradora, tan humana...
Y entonces el cazador notó que la pata del ciervo estaba efectivamente cubierta de oro. Con cuidado dejó el rifle sobre un tocón cercano, como diciendo: mira, no voy a hacerte nada, se acercó al animalito y comprendió qué pasaba.
La pata del animalito estaba herida, y de allí no manaba sangre, sino oro puro. Intentó tocar la pata, y el cervatillo lloró aún más fuerte. El cazador se rascó la cabeza, pensó un poco y dijo:
No temas, te ayudaré, así sea.
Arrancó en el claro una hierba medicinal, rasgó un trozo de su ropa y vendó la pata del animal.
Sanará pronto. Ahora vete. Y no te me vuelvas a cruzar.
Dio un pisotón.
Por supuesto, en casa nadie le creyó a Juan. En el pueblo dijeron que no había podido atrapar al animalito. Murmuraron un poco y lo olvidaron. Pero cuentan que encontró una montaña de oro justo en el umbral de su puerta. ¿Será verdad? Nadie puede asegurarlo.