Crecía y crecía Kolobok, hasta que se hizo mayor. Y empezó a quejarse de sus padres adoptivos, diciendo que se aburría viviendo con ellos. Había que cuidar de la casa, y en el pueblo solo quedaban ancianos. Internet —era para echarse a temblar— solo había móvil, y ni siquiera funcionaba bien.
Y quién sabe cómo habría terminado la historia, pero estando tumbado en el sofá y dorándose los costados, Kolobok se topó con un sitio web. Los creadores de aquel sitio prometían «nuevos conocidos y amigos». Miró Kolobok y vio allí a Vasilisa la Hermosa con una trenza hasta los pies, y junto a ella el perfil de la Sabia, con un libro y gafas.
Y de repente el teléfono vibró: había llegado un mensaje. Del usuario «Conejita».
Hola, soy nueva aquí, ¿y tú?
Decía el mensaje. Sin pensarlo mucho, respondió Kolobok:
Acabo de registrarme. ¿Cómo me has encontrado?
Pero «Conejita» ignoró la pregunta y solo escribió:
¿Qué opinas del puenting?
Kolobok se encogió de hombros y preguntó, sin saber aún en qué se estaba metiendo:
¿Qué es eso?
¡Ay, qué inculto eres, qué paleto, pareces salido del bosque!
Intentó Kolobok escribir una respuesta, pero Conejita no se lo permitió.
No, ¡es que no lo entiendes! Allí...
«Qué tipa más rara», pensó Kolobok y bloqueó a Conejita. No sabía lo que le esperaba.
Y conoció Kolobok en aquel extraño sitio a mucha gente variada del mundo animal. Se encontró con «Loba», que resultó ser la amiga de la abuela del pueblo vecino. E incluso «Oso Orgulloso» le escribió proponiéndole ir a buscar miel.
Se desilusionó Kolobok con la gente de allí, y hasta quiso borrar su perfil. Pero justo cuando iba a pulsar el botón, el teléfono volvió a sonar. Echó un vistazo rápido y vio... «Zorrita», y las fotos, menudas fotos.
Nunca había visto Kolobok una belleza tan pintada. Y el mensaje de ella no era simple.
«¡Eres una maravilla! Quiero conocerte mejor. Mis fotos están aquí». Y le dio un enlace a un archivo extraño.
No pudo resistirse Kolobok y pulsó en aquel enlace. Pero el archivo venía con sorpresa. En lugar de fotografías solo vio un emoticono burlón. Y el teléfono de Kolobok se apagó para siempre.
Solo le quedó suspirar e irse al huerto a ayudar a la Abuela y al Abuelo a cavar patatas. Y nunca más volvió a entrar en sitios dudosos de esos.