Dicen que si sueñas algo con mucha fuerza, seguramente se hará realidad. Os contaré una historia que le sucedió a una niña vecina que conozco.
Vivíamos en el mismo rellano. Cada mañana, la abuela llevaba al jardín de infancia a la niña llamada Lucía. Conversaban sobre los fenómenos de la naturaleza: la nieve y la lluvia, el viento y las tormentas, las olas del mar y las piedras del río, sobre el cambio de las estaciones.
La abuela le contaba a Lucía sobre el invierno, la primavera, el verano y el otoño. La niña era muy curiosa y a sus cuatro años era excepcionalmente despierta e inteligente para su edad. Tenía muy desarrolladas la fantasía y la imaginación. Lucía intentaba dotar a todos los objetos y fenómenos que la rodeaban de poderes mágicos y capacidades de cuento de hadas.
De camino al jardín de infancia, cuando la pequeña aún tenía mucho sueño pero debía caminar bastante rápido y relativamente lejos, se imaginaba que estaba durmiendo y que todo lo que encontraban por el camino era un hermoso sueño mágico.
Las flores en los parterres parecían saludarla, moviendo sus coloridas y aromáticas cabezas, como si dijeran:
¡Bue-nos dí-as!
Las mariposas que revoloteaban sobre las flores respondían:
¡Queee ten-gáááis un bueeen díííaaa!
Los coches que pasaban por la carretera a veces se tocaban el claxon entre sí, y a Lucía le parecía escuchar una melodía interpretada por una orquesta invisible dirigida por un talentoso director.
La niña fue creciendo, y cuando empezó la escuela, comprendió que existían muchas dificultades que le gustaría simplificar.
Aunque en el mundo ya se habían inventado y creado muchos aparatos para ayudar en el hogar, por ejemplo, la batidora, la licuadora, la cafetera, el microondas, el secador, la aspiradora y otros. Pero Lucía quería algo más, algo que pudiera facilitar la vida a las niñas, las jóvenes, las mujeres.
Que los deberes se hicieran con un movimiento de varita mágica, sin esfuerzo ni tensión, por ejemplo. Y como en el extremo de cada varita mágica suele haber una pequeña estrella brillante, al contar sus puntas, que eran cinco en total, Lucía comprendió que ella también debía sacar solo sobresalientes. Y le encantaba estudiar.
Y, al sentarse a hacer los deberes, se dirigía a la varita mágica con estas palabras:
¡Estrella, estrellita, brilla, ayúdame con los deberes!
Y los rayos brillaban aún más intensamente, lo que encantaba a la niña, y ella estudiaba rápido, con alegría y correctamente.
Además, a Lucía le encantaba ir a las fiestas que organizaban sus amigas para diferentes celebraciones, e invitar a invitados a sus propias celebraciones.
Para las fiestas siempre se necesitan trajes temáticos elegantes y coloridos, interesantes y divertidos. Y para guardarlos, nuestra niña tenía un cofre mágico con cerradura de combinación, que había heredado de su querida abuela hechicera.
La víspera de una fiesta, Lucía se acercaba al cofre, marcaba el código compuesto por siete cifras especiales, y cuando se abría, miraba con entusiasmo su contenido.
Allí había un espejo de doble cara con mango, en un hermoso marco de plata tallada. A él le pedía ayuda para crear su peinado y elegir el maquillaje. Mirándose por un lado del espejo, Lucía pedía ayuda, y al cabo de un minuto giraba el espejo hacia el otro lado y ya veía en él su reflejo completamente transformado, con el cabello bellamente peinado y un maquillaje apropiado para la ocasión.
También había en ese cofre una caja de costura con: agujas de diferentes grosores, hilos de colores, alfileres afilados, tijeras variadas. Y debajo de esta caja se encontraban diferentes telas, cintas, trozos de galón.
En resumen, todo lo que puede ser útil para coser. A estos objetos Lucía les pedía sus vestidos. Tocaba con la mano los hilos de un color determinado, y eso ya era un deseo. Significaba que quería un vestido precisamente de ese color. Todo sucedía por arte de magia y según su voluntad.
Para Año Nuevo la niña elegía un vestido blanco, para el 8 de marzo uno rosa, en verano rojo y verde, en otoño amarillo, para Halloween naranja, y para su cumpleaños lila.
Además, esta niña Lucía tenía ayudantes mágicos que la ayudaban a desplazarse rápidamente. Estos eran unos patines maravillosos alcanza-alcanza, un patinete rápido corre-corre, una bicicleta vuela-vuela, unas zapatillas pisa-ligero. Usaba todos estos objetos muy a menudo, lo que sorprendía a sus compañeros de clase.
Pero, un día, ignorando las normas de seguridad vial, sin ponerse rodilleras ni coderas, se fue en los patines alcanza-alcanza detrás de sus amigas y, tropezando con el bordillo, se cayó. El golpe no fue fuerte, pero sí la frustración de no haber alcanzado a sus amigas. Lucía se sentó en el borde del bordillo y se echó a llorar.
Ay, si ahora apareciera un príncipe bondadoso y me consolara. Y mejor aún, que me ayudara a levantarme y continuara conmigo el camino comenzado, siendo mi apoyo y sostén.
Lucía cerró los ojos y bajó la cabeza. Pensativa, permaneció sentada un par de minutos más y decidió seguir adelante, sin esperar un milagro.
Levantó la cabeza, abrió los ojos y...
Ante ella estaba un príncipe de verdad, con traje de gala y corona en la cabeza. Su cabello ondeaba al viento, su ropa resplandecía con lujo, y la sonrisa no abandonaba su rostro. Le tendió la mano a Lucía y la ayudó a levantarse.
El príncipe también llevaba patines (ahora todos los príncipes modernos se desplazan exclusivamente en patines), y siguieron juntos, tomados de la mano.
La niña no podía creer en su felicidad, pues resultaba que todo lo que había soñado se había hecho realidad.
Por eso hay que soñar. Y si eres buena, educada y estudias bien, los sueños seguramente se harán realidad. Solo hay que desearlo mucho. ¡Leed cuentos a los niños, y la magia seguramente se hará realidad también en vuestra vida!