En un pequeño pueblecito vivían un abuelo y una abuela. Y como el pueblecito era muy pequeño, aparte de ellos no vivía nadie más allí. El abuelo iba cada día a pescar, cerca había un mar, y la abuela cultivaba verduras en el huerto y preparaba para el abuelo diferentes platos deliciosos.
Además, el abuelo y la abuela tenían gallinas que cada día les ponían huevos. La abuela quería mucho a sus gallinas, para ellas le pidió al abuelo que construyera un bonito gallinero, y en los meses fríos les ponía paja para que no pasaran frío.
La abuela y el abuelo vivían en perfecta armonía, se querían mucho y siempre se cuidaban el uno al otro. Lo hacían todo juntos: desyerbaban los bancales, limpiaban el gallinero y ordenaban la casa. Además, el abuelo llamaba a la abuela Bondadosa, porque de verdad era muy buena, cariñosa y generosa. Cuando en el pueblo vecino, en una familia, no tenían nada de dinero, la abuela iba a su casa y llevaba diferentes golosinas para los niños, y llegar al pueblo vecino era muy lejos, caminando tranquilamente más de tres horas.
Y una hermosa tarde, cuando había que ir al cobertizo a por los huevos, el abuelo oyó el grito de la abuela:
¡Abuelo, abuelo, ven rápido aquí! ¡Hay algo en el cobertizo!
El abuelo se asustó, ¡qué podría haber allí! ¡A lo mejor un zorro se había colado en el cobertizo y se había comido todas las gallinas!
Levantándose de un salto de la silla, el abuelo corrió hacia la abuela al cobertizo. Al entrar, no podía creer lo que veían sus ojos. En un rinconcito apartado, sobre paja dorada, había un huevo, pero no uno normal, sino de oro puro.
¿Cómo puede ser? ¿Acaso las gallinas pueden poner huevos de oro puro? ¡Vaya, abuela! ¿De dónde has sacado este huevo?
Exclamó el abuelo con cara de interrogación.
¡Pues de dónde va a ser, lo ha puesto una gallina! Acabo de entrar y ¡me encuentro con esto! Abuelo, ¿ahora somos los más ricos del mundo entero?
Gritaba la abuela, todavía sin creer lo que veían sus ojos.
Bueno, no lo sé, pero este huevo nos bastará para vivir bien y no tener que trabajar más en el huerto. Aunque, en realidad, creo que hay que esconderlo bien lejos, que se quede por si acaso, nunca se sabe qué puede pasar.
Se alegró el abuelo.
Y así lo hicieron. Construyeron una cajita de madera, el abuelo le puso un candado resistente, y metieron allí el huevito de oro. Se fueron a dormir.
Llegó la mañana y el abuelo, como siempre, se levantó temprano para ir a pescar. Cogiendo las cañas y el cebo, salió al umbral y vio a la abuela clavando enormes maderos en la tierra.
¿Qué se te ha ocurrido, abuelita? ¿Para qué clavas esos troncos en la tierra? Apenas está saliendo el sol y ya estás aquí tramando algo.
Estoy construyendo una valla para que nadie pueda entrar y pedirnos algo. No hay que regalar nuestras cosas a todo el mundo, ahora no le daré nada a nadie nunca y no invitaré a nadie a nada. Y tú, viejo, ahora tampoco cojas nada de la nevera, y ya no te voy a dar de comer.
Refunfuñaba la abuela entre dientes.
¿Qué te pasa, te has vuelto completamente loca? ¿Qué estás haciendo? ¡Hemos vivido tantos años juntos! Ahora voy a pescar, pescaré unos peces, los prepararemos por la noche y celebraremos nuestro huevo de oro.
No, abuelo, tú ve a pescar, pero luego tráeme el pescado, me lo comeré yo sola.
El abuelo no podía creer lo que oía. Al volver a casa por la noche con la pesca, todo sucedió así. La abuela se quedó con el pescado y dejó al abuelo con hambre. Después de que apareció ese huevo, la abuela se volvió loca, se volvió avara y malvada. Así pasaban los días, el abuelo no comía nada y la abuela se lo quedaba todo para ella.
Entonces el abuelo recogió todas las cosas que tenía, las ató en un hatillo y se fue sin rumbo fijo. Vagaba por el bosque, encontraba algunas bayas y las comía, a veces iba a pescar y preparaba el pescado en una hoguera. El anciano dormía en una choza que él mismo construyó con ramas y hojas.
Pasó una semana, la abuela había acumulado tantas cosas que no cabían en la casa. En el huerto lo hacía todo ella sola, en la casa limpiaba ella sola, incluso tenía que ir a pescar ella sola para conseguir pescado sabroso.
Y entonces pensó:
Sola no puedo con todo esto. Y por las tardes me aburro y me pongo triste, ya no puedo ir sola al bosque, me da miedo. ¿Para qué quiero este huevo? ¿Qué voy a hacer con él? Y mi pobre viejo anda solo por el bosque, no come nada, está helado. Y él siempre me trató bien y me ayudaba, se preocupaba por mí.
La abuela agarró una chaqueta y salió en busca del abuelo. Camina por el bosque y de repente ve, a lo lejos, una lucecita, alguien había encendido una hoguera. Se acercó más, mira y ve al abuelo sentado, apesadumbrado.
¡Abuelo, mi viejito querido! ¡Por fin te he encontrado! Vamos a casa, he preparado tantas cosas ricas, te calentaré, te daré de comer. Viviremos como antes, ayudándonos el uno al otro y cuidándonos mutuamente.
¿Y qué pasa con el huevo de oro? Después de que apareció, te volviste tan avara y malvada.
Preguntó el abuelo.
No, abuelito, lo he entendido todo. No necesito ninguna riqueza, ningún huevo de oro. Te echo tanto de menos, me pongo tan triste por las tardes, quiero hablar contigo y reírme. Y además no tengo a quién cocinarle platos deliciosos. ¡Vuelve a casa, querido!
Suplicaba la anciana.
Pasados unos días todo se arregló, en casa volvió a sonar la risa, en el bancal ahora trabajaban el abuelo y la abuela juntos, e incluso la abuela empezó a ir a pescar con el abuelo.
Los cuentos están escritos para que la gente entienda que a veces la felicidad no está en la riqueza. Lo principal es que estén cerca los seres queridos y cercanos, y todo lo demás son tonterías.