Vivía una vez un niño llamado Antonio. Y era como todos los niños: un poco travieso, pícaro y alegre. Sin embargo, conocía los límites: ayudaba a mamá, hacía los deberes con diligencia e incluso recogía su habitación de vez en cuando.
Pero Antonio tenía un solo defecto: no valoraba en absoluto sus juguetes. Todo lo que sus padres le compraban, lo rompía.
Mamá le traía un transformer enorme y Antonio lo dejaba olvidado en el banco.
Papá le compraba un tanque importado y el niño lo desmontaba enseguida y tiraba las piezas.
Y por mucho que mamá y papá insistieran, Antonio no trataba sus juguetes con respeto. Una vez los padres incluso le oyeron decir a un amigo: «Total, papá y mamá me comprarán más».
Y así habría seguido el niño creciendo, si no hubiera sido por un incidente. Una mañana Antonio se despertó, miró en su caja de juguetes y no encontró nada. Solo había una vieja locomotora de la época soviética.
Entonces Antonio se asustó y llamó a mamá.
Se han ido todos tus juguetes, Antoñito.
Mamá sacudió la cabeza con pesar.
¿Cómo que se han ido? ¿Adónde?
Se frotó la nariz ofendido y casi se echó a llorar. Pero los niños no debían llorar.
A casa de otro niño que cuida sus juguetes.
¿Y qué hago yo?
Pero mamá solo se encogió de hombros y, yendo hacia la cocina, comentó:
Los errores hay que corregirlos uno mismo.
Antonio se quedó sentado en su habitación, pensando, y se le ocurrió una idea. Se coló a escondidas en el taller de papá y tomó prestados un par de tubos de pintura. Se sentó en su alfombra, dispuso los pinceles y se puso a trabajar.
Pasó solo un día, pero la locomotora ya parecía nueva. Y desaparecieron los costados con la pintura desconchada. Eso sí, la alfombra y Antonio también estaban llenos de pintura, y el niño estaba cansado. No era fácil reparar juguetes.
Y al día siguiente, al volver del colegio, el niño no daba crédito a sus ojos. ¡En la cama de su habitación había un robot! Antonio saltó alegre hacia la caja de juguetes y estaba llena otra vez.
Desde entonces nunca más rompió ni perdió sus juguetes. Y lo que rompía por accidente, siempre lo arreglaba con la ayuda de papá.