En un árbol de dragones, fuerte y frondoso, crecen frutos extraordinarios. En mayo florecen en él grandes flores esponjosas con un dulce aroma a moras.
Cuando los pétalos caen, en el centro de cada flor aparece una resistente cápsula verde. Hacia el otoño estas cápsulas-semillas enrojecen y se agrietan, para que el mundo vea los frutos del árbol de dragones.
Son pequeños dragones. Parecen completamente normales, solo que diminutos. Y tienen alas, y saben lanzar fuego por la boca, todo como debe ser. Los dragones adultos se pasan el día entero cazando tesoros. Los buscan y los traen a sus cofres en el árbol.
Los habitantes multicolores revolotean alrededor de su hogar natal, como mariposas, se agitan, corren de un lado a otro con sus asuntos, charlan y callan, holgazanean y trabajan, duermen, comen, sueñan y cantan canciones.
El árbol, lleno de habitaciones de dragones, crece en un parque urbano corriente. Solo que aquellos que tienen prisa y miran al suelo, no notan ninguna maravilla en él. Y es una lástima.
Porque todo tipo de divertidas tonterías ocurren aquí constantemente, especialmente con los dragones más jóvenes.
El otoño pasado, de una hermosa semilla con reflejos lilas, nació un dragón violeta llamado Filemón, pero todos lo llaman simplemente Fili. El nombre lo eligió la vieja niñera, como para el resto de los dragoncitos que aparecieron ese año.
A todos los llamaron con nombres que empezaban por F. El año anterior los pequeños fueron nombrados con la letra U, y al siguiente les darán nombres con la letra J, todo muy sencillo.
El curioso Fili preguntó una vez qué pasaría cuando se acabaran las letras. Le respondieron que entonces aparecería un nuevo árbol, y todo comenzaría de nuevo. Pero por ahora en este hay mucho espacio libre, y quedan bastantes letras en reserva.
La vida bulle en el árbol y a su alrededor, como en una olla con sopa arcoíris, ¡especialmente con la aparición de toda una cosecha de dragoncitos con la letra F!