Nadie sabía por qué ese día resultó tan sombrío. Bueno, no solo el día, toda la ciudad era deprimente: casas grises, gente taciturna. Aunque, la ciudad lucía así día tras día.
La Madre Naturaleza no daba abasto y no podía añadir colores brillantes. A pesar de que el sol brillaba intensamente, las hojas de los árboles entonaban su canción, la ciudad seguía siendo sombría. Las personas con la cabeza gacha y apresurándose hacia algún lado, alejaban exitosamente a la Madre Naturaleza al fondo.
Ninguno de los grises y taciturnes transeúntes, que se parecían entre sí, notaba a nadie ni nada a su alrededor. Una masa gris caminaba por una calle gris. Parecía que cada uno de ellos solo veía sus propios problemas. A nadie se le ocurría pensar qué podría ver si miraba a su alrededor.
A nadie, excepto a un violinista solitario que tocaba virtuosamente en la calle bajo un gran árbol frondoso junto a una tienda. Solo él pintaba el espacio a su alrededor con melodías armoniosas, despertaba la naturaleza, inclinándola a que cantara junto a su violín.
Con su interpretación expresaba simultáneamente tristeza y alegría, malevolencia y amor, dotando cada nota con un fragmento de su propia alma multifacética. Su instrumento a veces aullaba desesperadamente, como el viento en una tormenta, a veces cantaba suavemente una melodía de cuna a la naturaleza, como si una madre cuidadosa cantara a su hijo.
La hermosa melodía que fluía del violín llegó ese día también hasta la joven María, que regresaba de la tienda con una bolsa en las manos. Desde lejos escuchaba el sonido magnífico del instrumento. La canción acariciaba, llamaba a la niña. Y aunque era pobre, estaba dispuesta a dar al maestro violinista las últimas monedas que le quedaban después de las compras.
Tan pronto como María se detuvo ante el músico, los sonidos de la melodía la envolvieron y comenzaron a acariciar suavemente su oído. La niña parecía estar en una cama suave. No, el sonido era como una nube, suave y aérea, tierna y cálida, tal como el violinista quería transmitirla.
Pero María estaba segura de que eran los propios ángeles quienes le cantaban. Y el violinista no se detenía, tocaba para su joven oyente. Los dedos largos de su mano revoloteaban ágilmente sobre las finas cuerdas, mientras que la otra manejaba virtuosamente el arco. La niña recordó las monedas que quería dar al violinista. Miró alrededor, pero junto al músico no encontró ni sombrero, ni caja, ni estuche para el instrumento.
La niña confundida preguntó tímidamente al hombre:
¿Por qué no acepta dinero si toca tan hermosamente? Podría ganar mucho dinero.
El maestro dejó de tocar, e inmediatamente la niña regresó a la ciudad gris y sombría en la que siempre había vivido. Los alegres y brillantes colores de la naturaleza desaparecieron instantáneamente con la última nota del violín.
¿Acaso se les paga a los pájaros por su vuelo?
Respondió el músico con una pregunta.
Pero vio a María desconcertada, e inmediatamente añadió:
La música es un regalo divino que nos llama hacia las alturas. Regala vida, envuelve de alegría todo lo que nos rodea, al escucharla, nos crecen alas. Yo pongo en ella mi vida, y ella pone en mí la suya. La música vive, renaciendo todo a su alrededor, crea, pero no sabe destruir. Nos abre las puertas a la inmortalidad, permite que el alma vuele. ¿Aún te interesa saber por qué no cobro por enviar mi alma y mis sueños al vuelo?
Al llegar a casa, María pensó largo tiempo en las palabras del músico. El violinista las dejó profundamente grabadas en el corazón de la niña. María se enamoró de la música. Se convirtió en el primer amor de la niña. No volvió a encontrarse con el violinista, pero mentalmente le prometió que también se convertiría en músico.
Pero la familia de María era muy pobre, así que no había dinero ni para un instrumento ni mucho menos para un profesor. Pero la niña no se rendía. Hizo todo lo que podía hacer una niña de trece años para ahorrar dinero para un instrumento.
No temía ningún trabajo, aunque le pagaban una miseria. Los padres veían cómo la niña no caminaba, sino que simplemente volaba hacia su sueño anhelado. Eran buenos padres, así que ayudaron a la niña a reunir la suma necesaria, haciendo así un regalo de cumpleaños.
El violín era el más barato, pero para María se convirtió en el más valioso, el más caro. Era su primer instrumento, y lo amaba tan intensamente como a la propia música.
Pasó el tiempo, María estudiaba, aprendía los secretos de la música, y muchos años después tocaba exactamente bajo el mismo árbol frondoso junto a la tienda. Tampoco cobraba por tocar, como su ídolo. No sabía cómo se llamaba y lo había visto solo una única vez.
A veces María pensaba que aquel no era un ser humano, pues ni siquiera había escuchado una interpretación similar. E incluso ella misma no tocaba como aquel maestro, aunque se esforzaba mucho. «¿Cuál es su secreto?» —se preguntaba María.
Ese día la joven tenía un estado de ánimo especial. No le apetecía transmitir a los transeúntes melodías suaves y tiernas. El repertorio de hoy serían melodías alegres, festivas y rápidas. Tocó suavemente el arco contra las finas cuerdas, y sonó algo especial que se convirtió en el adorno de todo lo que la rodeaba.
María casi se pone a bailar mientras su violín cantaba alegremente. Golpeaba el suelo con el pie al ritmo de la música que sonaba y regalaba una sonrisa a cada transeúnte.
De todas formas, incluso después de muchos años, la ciudad no había cambiado nada, todos seguían apresurándose, solo unos pocos respondían a la violinista con una sonrisa mutua. De repente, cuatro jóvenes robustos se acercaron a María. Era evidente que eran nativos de esta ciudad aburrida, y la violinista no podía hacer nada al respecto.
¡Vete de aquí!
Dijo con malicia uno de los jóvenes.
¡Aquí no queremos alegría!
La joven se confundió, pero no dejó de tocar. Solo la melodía se ralentizó, y María se alejó cautelosamente unos pasos. Pero los hombres borrachos no se calmaron, continuaron molestándola. Uno se acercó a la frágil joven, la empujó por el hombro. Casi se cae, dejó de tocar, miraba a los desconocidos con sus grandes ojos castaños.
¿No entiendes?
Apenas articulaba uno de los atrevidos.
¿Qué les hago yo?
Respondió María, un poco asustada pero desafiante.
Si ustedes no tienen ánimo, eso no significa que todos deban estar mal.
Y la joven dio un pequeño paso hacia sus agresores.
¿Qué dijiste, mujer?
Uno de los jóvenes arrebató el violín de las manos de María, lo golpeó contra su rodilla de tal manera que los fragmentos del instrumento volaron hacia la joven.
¡Vámonos!
Ordenó, y los cuatro se fueron.
La joven ofendida comenzó a recoger los pedazos de su primer e amado instrumento. Cayó de rodillas, y las lágrimas corrían por sus mejillas.
¡Pero no! ¡Cómo se atrevieron, cómo pudieron!
Murmuraba para sí la llorosa María. Las lágrimas corrían por sus mejillas, apretaba contra sí el violín roto. En ese momento se convirtió en parte de esta ciudad gris y aburrida, y la chispa que el violinista le había regalado hace muchos años se apagó en su corazón. No sabía cómo volvería a tocar, ni siquiera si podría tocar otro violín. No quería otro, y este ya no se podía reparar.
¿Por qué llora, hermosa y joven belleza?
Escuchó María detrás de ella.
Se giró hacia el transeúnte. Un hombre de edad, con un abrigo gris de media estación y un sombrero oscuro de ala ancha, estaba de pie sobre la violinista inclinada. Pasó el bastón de una mano a otra, examinando el violín roto. Miró a la joven y sonrió levemente. María quiso compartir su dolor, no le importó que lo viera por primera vez.
Este es mi primer instrumento.
Su voz temblaba.
Me lo regalaron mis padres en mi cumpleaños. Han pasado muchos años desde entonces, pero nunca me he separado de él. Era mi mejor amigo. No estoy segura de poder tomar otro instrumento en mis manos, de si podré tocar.
Su voz se apagó, y las lágrimas volvieron a caer.
La música es un regalo divino que nos atrae hacia las alturas. Regala vida, envuelve de alegría todo lo que nos rodea, al escucharla, nos crecen alas. ¿Acaso crees que esos jóvenes rompieron tus alas junto con el violín? La música nos abre las puertas al futuro, nos permite volar. Podrás volar con cualquier instrumento, si, por supuesto, sabes hacerlo.
Cada palabra del desconocido le daba confianza, los ojos de María comenzaron a brillar. Reconoció al magnífico violinista por las palabras que pronunciaba.
La joven sonrió, la emoción la invadió, pero encontró fuerzas para preguntar:
¿Es usted, acaso, ese virtuoso violinista que pronunció esas palabras para mí hace muchos años? Desde entonces comencé a tocar el violín, ¡gracias a usted! Pero no logro tocar tan hermosamente como lo hacía usted. ¿Cuál es el secreto de la maestría?
Preguntó María.
Probablemente tocaba tu violín, no tu alma. Intenta enviar tu alma al vuelo y la melodía la seguirá.
Sonrió levemente el anciano.
Ahora María comprendía sus palabras de manera completamente diferente. Entendía que no era la melodía ni el violín lo que debía volar, sino su alma. La música la había inspirado desde el primer encuentro con el violinista. Y ahora la joven estaba segura de que podría tocar tan hermosamente como su inspirador. No, no tocaría, volaría.
Sí, era usted después de todo.
Dijo con seguridad la feliz María.
Sí, soy yo. Pero ahora tú debes ser quien pueda regalar a una joven el sueño, quien le muestre dónde buscar alas.
Dicho esto, el anciano desapareció. Y María, mirando el violín roto, vio que estaba completamente intacto.
La música es capaz de regalar alas a cada persona. Quieren convertirse en pájaros para escapar de todos los problemas existentes. Algunos intentan agitar estas alas, piensan que vuelan, aunque solo caminan con seguridad por la tierra. Pero solo los pájaros saben volar. Y las alas que nos regala la música, solo unos pocos pueden usarlas…
Son las personas más felices… Pero vale la pena, nunca es demasiado tarde para aprender.