En un caluroso día de verano, Migajita se despertó temprano por la mañana y corrió hacia el prado de flores. Quería ver si quedaba rocío en las flores para lavarse la carita con las pequeñas gotitas frescas y perfumadas. Pues al ratoncillo le basta una sola gotita para asearse.
En el prado crecían flores de muchos colores: campanillas, ranúnculos, trébol, claveles silvestres, aciano y margaritas. El brillante sol ya había calentado las plantas y la tierra con sus ardientes rayos y todas las gotas de rocío se habían secado. Migajita se entristeció un poco.
¿Dónde podré lavarme ahora?
Pensó, cuando de repente vio que una gran libélula con hermosas alas largas y multicolores estaba sentada en una brizna de hierba alta y se mecía con la brisa suave. Había bajado la cabecita y estaba muy triste.
¿Cómo te llamas y por qué estás tan triste?
Preguntó el ratoncillo.
Me llamo Dusya, ¿cómo no voy a estar triste?
Respondió la Libélula.
Tenía un espejito pequeño, me encantaba mirarme en mi reflejo, volaba de flor en flor y se me cayó accidentalmente en la hierba. No puedo encontrar mi tesoro perdido.
Se quejó Dusya.
¡Déjame ayudarte!
Propuso el ratoncillo y comenzó a buscar el espejito en la hierba con sus pequeñas patitas. Buscó y miró, pero no podía encontrar el pequeño espejo en la hierba espesa. El prado era grande y no sabía en qué lugar lo había perdido Dusya.
La libélula suspiró y se entristeció aún más.
¿Cómo viviré sin mi pequeño espejo?
Sollozaba.
¡No te preocupes! Se me ocurrió algo. Tengo una idea, voy corriendo al río para lavarme, ¡y tú vuela detrás de mí!
Chilló el ratoncillo y rápidamente corrió con sus pequeñas patitas, llegando muy pronto a la orilla del río. La libélula se lanzó al vuelo, agitó varias veces sus grandes alas y también llegó a la orilla.
¡Mira hacia abajo en el agua, en el río puedes ver tu reflejo! Mira, qué hermosa eres, Dusya, qué ojos enormes tienes, cómo brillan al sol tus alas plateadas. Eres muy elegante y pareces un pequeño helicóptero ligero.
Gritó el ratoncillo.
¡Ay, ahora ni siquiera necesito mi espejo!
Se alegró la libélula.
Y se acercó mucho a la agua para ver su reflejo y observarse mejor.
El ratoncillo recogió agua limpia con sus patitas y comenzó a lavarse su pequeña carita grisácea.
Gracias, gracias Migajita, qué bien que me ayudaste, me sugeriste lo del río. Ahora sabré dónde puedo ver mi reflejo y admirar mi belleza.
Así es que hasta hoy la Libélula vuela sobre el agua. Sube, baja. Sube, baja… Y siempre mira y mira su reflejo. No se cansa de mirarse.
Y Migajita, refrescado con el agua fresca del río, corrió a casa. Se apresuraba a llegar con su querida mamá para contarle sobre su nueva amiga. Estaba feliz de haber ayudado a la libélula Dusya. Pues cada acción bondadosa hecha para otros siempre regresa.
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