Había una vez una niña pequeña llamada Lucía. Vivía junto a su mamá y su papá. Y también vivía con ellos su abuela, a quien le encantaba leerle cuentos a su nieta: hermosos y mágicos. En el cuarto de Lucía había muchísimos estantes, en cada uno de ellos había muchos libros.
Lucía era una niña muy bondadosa. Y todo habría estado bien, si no fuera por una gran pena: sus ojitos no veían, había nacido ciega. Pero a pesar de esta desgracia, ella creía en los milagros y soñaba muy seguido. Tenía un sueño muy especial: aunque fuera por un ratito, aunque fuera una sola vez, ver a su mamá, a su papá y a su abuela, a toda su familia.
Una noche, como siempre, Lucía se fue a dormir. La abuela le leyó un cuento antes de acostarse, arropó a su nieta, la besó y le deseó buenas noches. Lucía se durmió profundamente.
Y de repente toda la habitación se iluminó con rayos de luz brillante, el cuarto quedó tan claro como si fuera de día. Era el Cuento que había venido a visitar a la niña e iluminó su habitación con una linterna mágica.
Suavemente tocó el hombro de Lucía y le dijo:
¡Levántate, Lucía, es hora de irnos!
¿Cómo? ¿A dónde vamos a ir y cómo? ¡Si yo no veo nada!
Se sorprendió Lucía.
¿Acaso no querés empezar a ver?
¡Claro que quiero! Mi deseo más grande es ver a mi mamá, a mi papá y a mi abuela. ¿Pero es posible?
¡Todo es posible, solo hay que desearlo con muchas ganas! ¡Volemos!
¿En qué vamos a volar?
¡Bueno, por ejemplo en él!
El Cuento señaló hacia un juguete: un unicornio rosado que su papá le había regalado para su cumpleaños. El Cuento tocó el juguete con su linterna mágica, y el unicornio cobró vida. Batió sus alas, levantó a Lucía y al Cuento, y se elevó hacia las alturas.
Volaban por el cielo nocturno, alrededor brillaban las estrellas, y la luna les iluminaba el camino.
Y finalmente llegaron a la Luna. Frente a ellos había un hermoso palacio con ventanas doradas. Rodeaba el palacio un precioso jardín, donde florecían diferentes flores y volaban pájaros coloridos de largas colas. El unicornio se puso a comer pasto, porque tenía mucha hambre. Lucía corrió a oler las flores. Y el Cuento se sentó en un tronquito y empezó a buscar algo en un libro mágico.
Lucía se acercó corriendo al Cuento y preguntó:
¿Qué estás buscando?
Quiero encontrar las palabras mágicas que nos ayudarán a devolverte la vista.
Respondió el Cuento.
Durante mucho tiempo pasó página tras página, y de repente exclamó:
¡Lo encontré! Tenés que esperar hasta la mañana y al amanecer lavarte con el rocío lunar de todas estas flores. El rocío lunar es mágico y tus ojitos podrán ver. Por fin vas a ver a tu mamá, a tu papá y a tu abuela.
Le dijo el Cuento a Lucía.
Lucía no podía esperar a que llegara la mañana y no cerró los ojos en toda la noche.
Llegó la mañana, en la Luna empezaron a despertar los pajaritos y a cantar sus melodiosas canciones. Se abrieron hermosas flores y en sus pétalos brilló el rocío.
Lucía se acercó a cada flor, recogió el rocío en una copa de cristal y se lavó los ojitos. Y de repente la luz iluminó todo alrededor, frente a ella vio al Cuento: una hermosa y preciosa joven con largos cabellos ondulados de color dorado.
¡No puedo creer que veo! ¡Hay tantas cosas interesantes, maravillosas y hermosas alrededor! ¿Será que no es un sueño y todo esto me pasó de verdad?
La niña cerró fuerte los ojitos y... despertó en su casa, en su camita.
¡Mamá, papá, veo! ¡Veo, me curé!
Gritó Lucía.
A la habitación entraron corriendo mamá, papá y la abuela.
¡Qué lindos que son todos! ¡Exactamente así los imaginaba!
Dijo Lucía.
Esta es la historia mágica que le sucedió a la niña Lucía. ¿Pero fue realmente el Cuento?
¡Lean cuentos, nos enseñan a creer en los milagros!